La soledad del laberinto
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Oquedad
Nadie en México, salvo Octavio Paz, había visto en la palabra soledad un rasgo constitutivo, esencial digamos, del país y sus hombres, de su cultura y su historia. México su identidad, su papel en el mundo, su destino ha sido, desde la Revolución, una idea fija para los mexicanos. México como lugar histórico de un encuentro complejo, trágico, creativo de civilizaciones radicalmente ajenas; como el sitio de una promesa incumplida de armonía social, avance material o libertad; como tierra condenada por los dioses o elegida por la Virgen; como una sociedad maniatada por sus complejos de inferioridad: todo eso y mucho más, pero no un pueblo en estado de soledad. Y bien visto, el título mismo del libro de Paz ese espejo en el que tantos nos hemos mirado es en verdad extraño. A simple vista, comparado con un norteamericano típico, el mexicano de todas las latitudes y épocas, incluso el heredero del “pachuco” en los Estados Unidos, es un ser particularmente gregario, un “nosotros” antes que un “yo”, no un átomo sino una constelación: el pueblo, la comunidad, la vecindad, la cofradía, el compadrazgo y, sobre todo, deslavada pero sólida como las masas montañosas, la familia. Nada más remoto al mexicano común y corriente que la desolación de los cuadros de Hopper. Nuestra imagen fiel, hoy como hace siglos, está más cerca de un domingo en la Alameda.
No para Octavio Paz. Desde el principio de los años cuarenta se propuso, como tantos otros, “encontrar la mexicanidad, esa invisible sustancia que está en alguna parte. No sabemos en qué consiste ni por qué camino llegaremos a ella; sabemos, oscuramente, que aún no se ha revelado […] Ella brotará, espontánea y naturalmente, del fondo de nuestra intimidad cuando encontremos la verdadera autenticidad, la llave de nuestro ser […] la verdad de nosotros mismos”. Esa verdad de Octavio Paz, la llave maestra de su laberinto, tenía un nombre doloroso y singular: soledad.
Pero la clave está en clave. Octavio Paz no escribió su autobiografía: la dejó cifrada en algunos escritos autobiográficostardíos, fragmentaria y dispersa en entrevistas y, sobre todo, en pasajes de poemas memorables. En Itinerario (1993), describe su despertar al mundo, una tarde, como un relámpago intuitivo de soledad. Él es un “bulto” que llora en medio de la sordera universal. La sensación no se borraría jamás: “No es una herida, es un hueco. Cuando pienso en él lo toco; al palparme, lo palpo. Ajeno siempre y siempre presente, nunca me deja, presencia sin cuerpo, mudo, invisible, perpetuo testigo de mi vida. No me habla, pero yo, a veces, oigo lo que su silencio me dice: esa tarde comenzaste a ser tú mismo […] Ya lo sabes, eres carencia y búsqueda”.
El hueco, la carencia, ese “estar allí” primigenio es, por supuesto, universal, pero en su caso llegó a adoptar la forma de una orfandad muy concreta, provocada no por la muerte, sino por la ausencia del padre, Octavio Paz Solórzano. Se “había ido a la Revolución” y, en algún sentido, no volvería nunca. El zapatismo era su misión y su evangelio. Sería un letrado, un representante diplomático, un cronista y, con los años, un biógrafo de Zapata. Mientras tanto, la casona de campo del abuelo, don Ireneo Paz el “Papá Neo”, en Mixcoac, se iría despoblando de presencias y poblando de retratos, “crepusculares cofradías de los ausentes”:
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías:
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran más que los vivos.
El primer encuentro real de aquel niño adulto con el padre niño ocurrió en el exilio, en Los Ángeles. Nuevo rostro de la soledad, la soledad como extrañeza en un país y un idioma ajenos. De vuelta a México, inscrito en colegios confesionales y laicos de Mixcoac, otra vuelta a la tuerca de la extrañeza. Por su aspecto físico, los otros niños lo confundían con extranjero: “yo me sentía mexicano pero ellos no me dejaban serlo”. El propio Antonio Díaz Soto y Gama, protagonista intelectual del zapatismo y compañero entrañable de su padre, exclamó al verlo: “Caramba, no me habías dicho que tenías un hijo visigodo”. Todos menos él se rieron de la ocurrencia. La extrañeza, con todo, no dejaba de tener sus compensaciones: una hermosa joven judía me contó Paz alguna vez lo dejó acercarse amorosamente porque “era distinto”. Y las “pilastras paralelas” de su madre Josefina y su tía Amalia lo proveyeron de un afecto solar de hijo único y animaron sus primeras incursiones poéticas. Pero la muerte, casi sin agonía, del “que se fue en unas horas/ y nadie sabe en qué silenció entró”, su abuelo de 88 años, debió ahondar la cavidad solitaria. Desde ese año de 1924 no quedarían sino recuerdos: las caminatas con él por la ciudad, las inocentes labores de cultivo en la casa, las clases de esgrima, anécdotas de sus andanzas en la Reforma y la Intervención, sus “chaquetas de terciopelo oscuro suntuosamente bordadas”, estampas que permanecerían siempre (como aquellas que hojeaba en Doré o en los libros de historia francesa que heredó) ligadas todas a esa silueta estoica del abuelo a la que, misteriosamente, su propio rostro se fue aproximando en la vejez.
Pero la raíz de la soledad era tal vez otra, tan íntima y cercana que era difícil mirarla: su relación o, más bien, los impedimentos de su relación con su padre. Hacia 1986, en una conversación incidental recogida por Felipe Gálvez, biógrafo de Paz Solórzano, el poeta reveló cosas apenas entrevistas en sus testimonios publicados:
Casi me era imposible hablar con él, pero yo lo quería y siempre busqué su compañía. Cuando él escribía, yo me acercaba y procuraba darle mi auxilio. Varios de los artículos suyos yo los puse en limpio, a máquina, antes de que él los llevara a la redacción. Ni siquiera se daba cuenta de mi afecto, y me volví distante. La falla de mi padre, si es que la tuvo, es que no se dio cuenta de ese afecto que yo le daba. Y es muy probable que tampoco se diera cuenta de que yo escribía. Pero nada le reprocho.
Lo había relegado al olvido, “aunque olvido no es la palabra exacta. En realidad siempre lo tuve presente pero aparte, como un recuerdo doloroso”. Herida secreta pero abierta. Una noche de fiesta en 1977, quise darle una sorpresa: había descubierto uno de aquellos artículos en El Universal Ilustrado. Era la historia del caballo de Zapata. Se lo extendí de pronto, pero con un gesto duro, incomprensible, lo rechazó sin decir palabra, o tal vez refiriéndose a él con desdén: “no vale nada”. Hacía poco tiempo había publicado Pasado en claro, donde lo recordaba en unas líneas desgarradoras:
Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Porque no era un alcoholismo solitario el del abogado ex zapatista sino una fiesta mexicana, una fiesta mortal.
“Para colmo recordaba Paz, mi padre tuvo una vida exterior agitada: amigos, mujeres, fiestas, todo eso que de algún modo me lastimaba aunque no tanto como a mi madre”. Los campesinos de Santa Marta Acatitla, a quienes el abogado Paz defendía en sus querellas por la tierra, lo recordaban como un “santo varón”: “¡Claro que me acuerdo del licenciado Octavio Paz! Hasta parece que lo estoy viendo llegar por allá. Sonriendo y con una hembra colgada en cada brazo […] si le digo que don Octavio era buen gallo. Le encantaban las hembras y los amigos no le escaseaban”. Para aquel “abogado del pueblo”, visitar cotidianamente Acatitla ”lugar de carrizo o carrizal” era volver al origen, “revolucionar”, tocar de nuevo la verdad indígena de México, comer chichicuilotes, atopinas, tlacololes, acociles, atepocates, cuatecones dieta de siglos, andar con la palomilla, recordar a Zapata, oír corridos “que todos repetían con gusto y con gritos”, buscar “un buen trago de caña y beber el garrafón con mucha alegría”, ir de cacería de patos en la laguna, llevárselos a sus queridas, a sus “veteranas”. Y, sobretodo, andar en las fiestas: “a don Octavio le entusiasmaban las fiestas de pueblo donde corría el buen pulque recordaba el hijo de Cornelio Nava, el amigo de Paz. Y qué pulque señor. Espeso y sabroso… Con Octavio Paz Solórzano anduvieron por aquí personajes [famosos como] Soto y Gama… Ah, y casi lo olvidaba: su hijo, el escritor que lleva su nombre. Él era entonces un niño, pero aquí anduvo”.
El hijo no olvidó. “Los días del santo de mi padre recuerda Paz comíamos un plato precolombino extraordinario, guisado por ejidatarios que él defendía y que reclamaban unas lagunas que antaño estaban por el rumbo de la carretera de Puebla: era ‘pato enlodado’, rociado con pulque curado de tuna”. (Pocas veces lo vi más feliz que en 1978, cuando en Texcoco su medio paisano andaluz Antonio Ariza le preparó una gran fiesta con “pato enlodado”.) Pero en el fondo de ese recuerdo festivo con el padre, como en un pozo oscuro, yacía otro, terrible. Ocurrió el 8 de marzo de 1936. Era, claro, “el día de fiesta en Los Reyes-La Paz recuerda Leopoldo Castañeda y ahí llegó el licenciado directamente. Dicen que cuando el percance, alguien lo acompañaba”. Un tren del Ferrocarril Interoceánico le quitó la vida desmembrando su cuerpo. “Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo/ una tarde juntamos sus pedazos”. Llegó a pensar que se trató de un crimen. Las autoridades citaron a aquel acompañante pero nunca se presentó. Poco tiempo después, el joven Paz se enteró de que tenía una hermana, la quiso conocer y desde entonces la trató. Así, “hombreada con la muerte”, se apagó la fiesta mexicana de Octavio Paz Solórzano, ese licenciado “tan simpático que hasta sin quererlo hacía reír”, pero tan doliente y sombrío en sus fotos finales como en la memoria enterrada de su hijo:
Su silencio es espejo de mi........
