Me rindo de nuevo a la exuberancia
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La canícula, aun adelantada, ejerce su efecto sobre la ciudad. Intuida su extensión al otro lado de las ventanas, esta parece reducida, asequible como las ciudades que se recorren volando gracias a la invitación de un personaje mágico. Pero el calor también amplía la ciudad, por la que un paseo parece ahora inabordable. Sirva esto también para recordar cómo el calor dilata los materiales.
Aunque siguen verdes y frondosos, los árboles que veo desde la ventana tienen ahora un matiz reseco. Las hojas no son ya de ese verde jugoso que tenían en abril, y la vitalidad que transmiten es de otra naturaleza. Pero me asomo a la ventana para grabar al pájaro que canta y averiguar cuál es (una curruca) y gracias al nuevo punto de vista, más escultórico desde el balcón −volado− que desde la ventana −plana−, advierto que se mantiene el imponente juego de volúmenes y alturas que han armado estos árboles con sus ramas y sus envergaduras a lo largo de muchos años de crecimiento, y tengo que rendirme de nuevo a la exuberancia.
Los balcones para los escultores. Las ventanas para los pintores. O bien: un balcón forma escultores, una ventana forma pintores. Había puesto a los dibujantes con los pintores, pero creo que los dibujantes son también escultores.
Me he enterado de la muerte de Carlo Ginzburg. Solo tengo un libro suyo, Historia nocturna, y estoy casi segura de que no lo he leído, lo cual no impide que lo considere interesantísimo. Me entero de su muerte en el........
