Del imposibilismo legal en Polonia al iliberalismo en Hungría
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El polaco Jarosław Kaczyński y el húngaro Viktor Orbán han orquestado en sus países una demolición del Estado de derecho, que obedece a su particular concepción de la democracia. Como depositarios de la voluntad del pueblo, se han visto autorizados en el ejercicio del poder para eliminar todo aquello que impedía que su plan de gobierno se ejecutara. En Polonia, el proceso quedó abortado al perder el gobierno el pis (Ley y Justicia) en 2023. Pero desmantelar el sistema creado es complejo, debido al poder de veto del presidente, leal al pis. En Hungría, la derrota de Orbán ha dado paso a un sucesor, Péter Magyar, avalado por un poder aplastante en el parlamento. El riesgo es la falta de límites, salvo los que él mismo se imponga.
En Polonia fue donde realmente se empezó a fundir el telón de acero. La caída del Muro de Berlín es la imagen que pasó a la historia, pero el pulso contra el poder soviético se empezó a ganar en los astilleros de Gdańsk. La transición del comunismo a la democracia fue fruto de un compromiso, encarnado en la Mesa Redonda, que empezó en febrero de 1989. Es el mito fundacional de la Tercera República. De ahí parte la grieta en una Polonia polarizada: por un lado, están los que consideran que fue un modelo de diálogo político y, por otro, los que lo califican de traición, ya que ahí estaba sentado el general Wojciech Jaruzelski, último presidente con el comunismo. Los partidos situados en el centro, como Plataforma Cívica, liderada por Donald Tusk, y a la izquierda defienden esa transición pacífica y consensuada. Para Jarosław Kaczyński, el ideólogo del pis, aquello fue un movimiento de ajedrez, pero no un acuerdo fundacional.
El imposibilismo legal de Kaczyński
Al llegar el pis al poder por primera vez en 2005, el objetivo de Kaczyński, presidente del partido, era acabar con las anomalías derivadas de la transición pactada. Pensaba que la victoria le permitiría introducir la Ley sobre la Lustración, con el fin de identificar a quienes habían colaborado con la policía secreta comunista. Pero el Tribunal Constitucional le paró los pies. Entonces formuló por primera vez su concepción del “imposibilismo legal”. Kaczyński, jurista de formación, sigue la doctrina de Stanisław Ehrlich, crítico del dogmatismo legal, y sostiene que la voluntad política expresada por la nación es superior a la ley. Kornel Morawiecki, furibundo crítico de la Mesa Redonda y padre del ex primer ministro Mateusz Morawiecki, lo condensa así: “La ley es importante pero no es sagrada. Por encima de la ley está el bienestar de la nación. Si la ley interfiere ese bienestar, deja de ser inviolable.”
El punto de partida en la demolición que ejecutó el pis del poder judicial es el “imposibilismo legal”. Los tribunales, incluido el Constitucional, no pueden ser un muro frente al poder legislativo y el ejecutivo. Y menos aún cuando no se ha dado una lustración, de modo que quedan entre los jueces restos del comunismo. Es la tesis de Jarosław Kaczyński, quien se ve como un demócrata pleno, frente a los críticos, incluida la Unión Europea, que denunciaron que se estaba violando la división de poderes con sus intervenciones en las instituciones judiciales. A Kaczyński le movía, y le mueve aún porque aspira a que el pis vuelva al poder en 2027, el ansia de poder y su afán por implantar un modelo ultraconservador. También sueña con vengarse de los herederos de la Mesa Redonda y, sobre todo, de su enemigo acérrimo y antagonista legendario, Donald Tusk, ahora primer ministro.
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