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El cartel del Orgullo de Madrid representa todo lo malo que le pasa a España

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26.06.2026

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El Ayuntamiento de Madrid ha presentado el cartel para el Orgullo 2026, y en el debate público ha ocurrido lo que ocurre siempre en el debate público. La facción izquierda del bipartidismo ha usado esta buena causa como si fueran armas políticas (¡si al menos fueran de verdad armas políticas!) contra la otra facción. A los hinchas de las fantasías ideológicas que dicen representar las facciones del bipartidismo les ha parecido bien o mal según corresponda. Y la prensa ha dado por noticia esta gresca de X. ¡Lean la última polémica! ¡A alguien le ha parecido mal algo en X!

Todo ha ocurrido como si. Como si fueran armas políticas: solo son la apariencia de armas políticas, son puro acto comunicativo, no hay políticas reales detrás.  Como si a alguien le importara: son polémicas de X, donde abunda la España inferior que ora y embiste. Como si importara: poco más hay que luchar simbólicamente cuando todo el establishment se viste con los colores del Orgullo.

Algo hay real, pero en otra esfera. Como sugiere Ernesto Castro en una entrevista con Ricardo Dudda, el calendario religioso que nos obligaba a ayunar o a comer o a festejar ahora muta hacia la polémica: “Cada 12 de octubre se debate sobre la idea de hispanidad, cada 8 de marzo se plantea la cuestión de qué es ser mujer.” De igual forma, esta polémica ya marca tradicionalmente el inicio del verano, y así podemos decir: “Si para San Juan oyes barullo, es que han sacado el cartel del Orgullo”.

La idea de Castro no es baladí. Las lucecitas y destellos de los medios de comunicación de masas que se desarrollaron durante el siglo XX hipnotizaban más que las imágenes ennegrecidas de los santos, y los alegres jingles más que los sermones en latín, de modo que hacia finales de siglo el poder de la Iglesia quedó en estado vegetativo. John Lennon lo advirtió en 1966 cuando anunció que los Beatles eran más populares que Jesús. 

Pero si el mensaje moral de la Iglesia era conocido, previsible, y cambiaba muy lentamente a lo largo del tiempo, ahora nos encontramos con todo tipo de colores y reflejos. En el calendario litúrgico de polémicas, el debate público se convierte en un parloteo constante de mensajes inconexos, contradictorios, rápidos, fugaces y sin sustancia que surgen de la necesidad de rellenar páginas y páginas y minutos y minutos. En él, los medios de comunicación de masas (que incluyen tanto a la prensa como a las redes sociales) son al mismo tiempo tablero de juego, jugadores y árbitros. Si el medio es el mensaje, como advierte Marshall McLuhan, ambos entornos no tienen otro mensaje que el que dicta su soporte tecnológico: la emisión incesante.

La emisión incesante es un dios voraz que se alimenta de actualidad, polémica y entretenimiento. Las dos primeras presentan un desfile de víctimas y causas que busca interpelar nuestra simpatía moral (el deseo de aliviar el sufrimiento ajeno): todo tipo de catástrofes, sucesos, cotilleos, politiqueos y amenazas aparentes. David Jiménez sugiere que la prensa genera airados........

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