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En Sinaloa la guerra no termina

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La capital. Una ciudad en la que hace calor ocho meses al año y apenas refresca los otros cuatro; pero eso no importa, siempre se puede tomar cerveza helada viendo el beisbol. En ella convergen dos ríos, el Humaya y el Tamazula, para formar uno más que llega hasta el Pacífico y lleva el nombre del lugar donde nace.

Es Culiacán, la Ciudad de los Tres Ríos. El principal núcleo urbano de Sinaloa. Una mancha de casas y edificios bajos rodeados de álamos, tabachines y amapas de flores lilas. Es la sede de los tacos de carne asada y de los mariscos de carreta nivel estrella Michelin. La urbe norteña de los tomates de exportación, las morras guapísimas de cabello planchado y los batos compas que hablan golpeado y sueltan un vergazo cada tres palabras. Así habla la plebada culichi sin importar su código postal.

Pero Culiacán no es una ciudad mexicana común, ni Sinaloa otro estado norteño más, sino dos nombres propios conocidos en todo el mundo, más por razones incorrectas. Y es que desde Sinaloa, de manera histórica, han salido y pasado gran parte de las drogas que llegan a Estados Unidos, el principal mercado mundial de esas sustancias ilegales.

Aquí vivo yo con, más o menos, un millón de habitantes. O vivíamos, porque de dos años para acá muchos se han ido para no volver, a otros los mataron y a otros tantos se los llevaron de repente. Nadie sabe a dónde.

Es por “la guerra”. Así le dice la gente desde que la crisis de violencia comenzó, aunque a muchos expertos les parece un término impreciso y a las autoridades un vocablo exagerado. Es, en su origen, un pleito a muerte entre dos familias cuyos apellidos configuraron la organización criminal a la que llevan tres generaciones perteneciendo y a través de la cual construyeron fortunas dignas de figurar en Forbes. Son los Guzmán, herederos de “El Chapo”. Son los Zambada, herederos de “El Mayo”. Dos añejos socios del narcotráfico que ahora habitan prisiones de por vida en Estados Unidos mientras sus hijos se disputan el control territorial de Sinaloa y cuya cuna/meca simbólica es “La Capi”, como le dicen a Culiacán en las cartulinas que firman acompañadas de cuerpos torturados e inertes. A “don Joaquín”, el capo en la superficie, lo detuvo tres veces el gobierno hasta extraditarlo; a “don Ismael”, el señor en el cerro, no lo detuvieron nunca.

A la primera cofradía de clanes que conformaron los viejones originales se le conoció como el Cártel del Pacífico, pero a la larga terminó popularizándose como el Cártel de Sinaloa. Así nació una genealogía que se convirtió en marca y que da para muy rentables películas y series de Netflix; así se consolidó el estigma que nos atraviesa y que nos da mala fama internacionalmente. “Ohhh, ¡mister Chapo!”, me dijo una sudafricana en Johannesburgo cuando le dije que era mexicano y, en específico, de Sinaloa.

Una reunión que cambió un estado

Cártel. Le seguimos diciendo así, aunque todos sabemos que hace mucho ese concepto se quedó corto y, sobre todo, que desde aquel 25 de julio de 2024 ya no será lo mismo. Aquel día uno de “Los Menores” Guzmán –Joaquín Guzmán López– traicionó a su padrino Ismael Zambada, lo raptó y lo entregó del otro lado del río Bravo para beneficiarse legalmente él y su hermano ya preso, Ovidio, al que le decían “Ratón” y que era, muy discretamente, el rey de las metanfetaminas y el fentanilo; un joven poco conocido a cuyo rescate los sinaloenses debemos la efeméride dolorosa del primer “Culiacanazo”. Aunque algunos de los que aquí crecimos preferimos llamar “Jueves Negro” a ese 17 de octubre de 2019, un día que guardaremos en la memoria colectiva como la primera vez que el monstruo que creíamos buen pedo nos enseñó, rabioso, los dientes.

El 25 de julio, jueves también, un avión bimotor con la matrícula alterada entró sin novedad a terreno estadounidense con solo tres tripulantes a bordo: eran Ismael, Joaquín y un piloto desconocido que regresó a Sinaloa de inmediato, sospechosamente sin ser arrestado; de inmediato, los gringos se deslindaron e insistieron en que no participaron en esa operación. “No era nuestro piloto, no era nuestro avión, ni era nuestro operativo”, me respondió enfático el exembajador Ken Salazar, a quien le pregunté directamente. No obstante, sus autoridades presumieron y celebraron la “captura”.

Durante el rapto ocurrido en la finca San Julián del campestre Huertos del Pedregal, desaparecieron los dos escoltas de “El Mayo” –uno era policía ministerial– y cayó Héctor Melesio Cuén, el exrector y cacique de la Universidad de Sinaloa que quería mantener poder político y presupuesto público para ser, algún día, gobernador. “Es mi sueño”, me dijo la única vez que hablamos en privado en la sala de juntas de Noroeste, el periódico que dirijo desde hace catorce años. Al “Maestro”, como........

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