Cantar por las calles
Como si tal cosa, la ministra portavoz del Gobierno dijo para justificar la desclasificación de los documentos del 23F que es un antídoto para que los jóvenes no llenen las calles cantando el Cara al sol y reivindiquen el franquismo. No fue una hipérbole, no ha sido una exageración desmedida, era un guiño programado para el electorado huidizo del Partido Socialista que, poco a poco, o quizás de prisa, se está quedando sin argumentos cabales.
Ya nadie canta por las calles himnos falangistas exhumados de un pasado lejano, ni los borrachos entonan cánticos que tienen que ver con los tiempos que ya superaron hace mucho su fecha de caducidad. El Gobierno se obstina en recuperar eslóganes antiguos que le fueron favorables en sus movilizaciones electorales a la parroquia izquierdista. Sánchez en su declaración institucional acerca del conflicto bélico iraní volvió a actualizar el ábrete sésamo de cuatro palabras «no a la guerra», rescatando su vigencia de difícil actualidad veintitrés años después. El presidente del Gobierno ignoró las amenazas de Trump, haciendo oídos sordos a sus declaraciones desde la Casa Blanca.
Con su tono altivo, insistió en que somos los mejores desde el supuesto crecimiento económico que nos blinda frente a los enemigos y los aliados. Estamos salvados.
Pronto escucharemos como antaño el «no pasarán» en los discursos oficiales y los miembros del Consejo de Ministros lo repetirán al unísono voceando el argumentario monclovita. Volvemos a las andadas. Más bien parece que el mundo se ha detenido o regresado al primer tercio del pasado siglo donde la ebullición guerracivilista fue mucho más que un presagio anunciado.
La plataforma en gestación de los grupos y pequeños partidos de izquierdas que nace en torno a Sumar propone denominar a la nueva formación naciente Frente Popular, como en las elecciones del año treinta y seis.
No sé si un viento de locura nos arrastra colectivamente hacia atrás recorriendo un camino inverso al desaparecido sentido común. No se canta por las calles, ni quien canta su mal espanta. En Galicia todavía hay cantos festivos en las tabernas, canciones populares de celebración. Los gallegos seguimos llevando como en el poema «na fronte unha estrela e no bico un cantar». Son cánticos de iniciación y de fraternidad, que se silencian cuando llega el momento del regreso al hogar, «cantando baixiño». Eso es lo que va quedando al cantar por las calles, la ministra portavoz exagera descaradamente.
