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Para cultivar a los adolescentes

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A finales del siglo XV las mujeres españolas querían ser rubias y, como no lo eran, se echaban mejunjes a base de lejía. Pero Melibea no. Melibea era rubia natural, de ahí que hiciera ostentación de su melena, que si se dejaba suelta le llegaba hasta los pies. La Celestina tenía un negocio de droguería y mercería. Vendía cremas, afeites, colonias y lejías, y también intrigas. Era una gran defensora de la prostitución, que había ejercido a lo largo de su larga vida, y una experta en virginidad, que restauraba con finas agujas e hilo de seda, una y otra vez, a quienes la perdían.

Cuando yo era casi un niño, las clases de literatura imponían la lectura de la tragicomedia —así se indefinía el asunto— de Fernando de Rojas, que comienza la obra explicando que en realidad no es suya, que él se ha limitado a acabar un texto incompleto que ha llegado a sus manos. Un poco como Don Quijote o La sombra del viento. Yo, la verdad es que la recordaba muy vagamente, y he decidido releerla. Y al meter mi nariz entre sus páginas, me asombra que, en aquella España tan cerrada al sexo y al pecado, se difundiese entre los hombres —no sé si las mujeres, porque niños y niñas estábamos separados— del mañana, una obra tan barriobajera.

 Ahora, cuando sé que los adolescentes están saturados de pornografía y prefieren jugar a envenenarse con paracetamol, y la melena de las chicas va avanzando lenta pero imparablemente hacia los pies, creo que ya está preparados para la lectura de esta comedia tan trágica.


© La Voz de Galicia