Parques infantiles vallados
Estoy seguro que se debe a rigurosas normativas de la Unión Europea. Sé que lo hacemos para que no les pase nada a nuestros niños. Pero cada vez hay más parques infantiles acolchados y vallados. Parecen fuertes. Auténticos parques de bolas privados financiados con dinero público. Es casi imposible que les pase nada a los infantes. La nostalgia me lleva, ya sé que la nostalgia es un error y que existe el avance de las sociedades, a recordar aquellos parques en los que en los setenta nos despellejábamos las piernas. Aquellas rodillas sangrantes, sobre las que solo echábamos agua y algún escupitajo para que sanasen. Los codos, destrozados. Así volvíamos a casa. Claro que está fenomenal que los chavales se tiren por columpios casi sin inclinación. Que se columpien en unos tronos que no tenía ni la monarquía francesa antes de la guillotina. Pero la duda me entra en si tanto exceso de cuidado no abundará en lo de las generaciones de cristal. ¿No estaremos criando jarrones chinos en vez de chiquillos? En los parques de antes el suelo era de tierra. Saltábamos sobre los charcos. Nos pegábamos pedradas. No estaba bien. Los columpios eran de hierro, mayormente oxidado por las lluvias galaicas. Los columpios colgaban de cadenas también de metal. Eran una barbaridad, pero tan bárbaros no hemos salido los de la generación boomer. Sí, los locos de nuestros padres nos llevaban en el coche sin cinturones de seguridad y metían a seis atrás, en vez de a tres. No defiendo aquellos disparates. Pero tenemos que encontrar un término medio entre lo de antes y las protecciones de ahora. Antes, la bicicleta que heredáramos de nuestros hermanos ya no tenía frenos. Y frenábamos con los tenis para desesperación de nuestras madres. Lo de usar el casco con la bicicleta hubiese sido de marcianos. Nadie tenía un casco para la bici. Ahora van tan protegidos, con casco, coderas, rodilleras, pantalones con el culo acolchado, que nada les puede suceder, hasta que les sucede, claro. ¿Por qué les sucede? Porque miran el móvil. Y ahí está la gran contradicción. Queremos proteger a los chavales de todo y de todos, con parques acolchados y vallados, y resulta que luego les damos como tercera mano nuestro móvil para que nos dejen comer en paz en los restaurantes. Les compramos la bicicleta más segura del mundo, el mejor casco, pero luego vemos cómo se suben a la bicicleta con el móvil en la mano conectado al TikTok o a la cámara para hacerse un selfi en marcha. Así no hay casco que los salve. Si vallamos los parques, limitemos los móviles, aunque nos odien. Menos mal que algunos todavía hacen deporte y aprenden que se gana y se pierde en equipo, con unos compañeros que ya serán sus amigos para toda la vida. Que no son unas pantallas. Que son chavales como los tuyos que mientras están entrenando o en el partido disfrutan de las reglas de la sociedad. Hay que sudar, hay que esforzarse. No hay filtros en el campo de fútbol o en la cancha del baloncesto. Si su hijo quiere meterse en un deporte, no solo dejen que lo haga. Apúntelo usted también en otro más, por si acaso. Es el tiempo en el que no tendrá ojos de yonqui por el brillo de las pantallas.
