¿A quién le gusta Leo Harlem?
A mí. Empezó a trabajar con 16 años en una panadería. Y ha decidido cuidarse más y jubilarse con 62, en la cima de un tipo de humor que no gusta en según qué sectores. Ha dicho: «Llevo mucho cotizado. Hay que saber parar. Es mejor dar paso a gente joven que tenga el pelo más negro». Leo Harlem tiene el honor de ser el rey de los cuñados. Algo que el público más de izquierdas ha utilizado para referirse a él como un insulto. No les hace gracia su humor costumbrista, sus chistes rápidos y sencillos. Leo Harlem no es para exquisitos, en efecto. Tampoco él ha buscado nunca ese caladero zurdo. No soportan que no se posicione políticamente, en un país en el que parece que lo único que funciona es el estás conmigo o contra mí. Leo Harlem hace unos chistes amables, de caña en la barra del bar, sin mayores pretensiones. En diciembre dijo adiós y aún hoy hay quienes aplauden en redes que se haya marchado el «emperador de lo obvio», con sus monólogos sobre la comida, la obsesión por el deporte como tortura o sus dificultades con la tecnología. Eso es lo que me gusta de Leo. Que sea la encarnación perfecta del cuñao español en la cena de Nochebuena. Nunca intentó otra cosa. Él no es Buenafuente, que también ha decidido coger aire con una baja por exceso de trabajo que él mismo ha descrito como que el estrés «me sacó de la carretera». Son personajes públicos y lo saben. Pero lo que duele de los que aplauden que al fin se haya pirado Leo Harlem es que no entienden que la vida puede ser normal, sin necesidad de citas elevadas y de críticas políticas. Leo Harlem definió en una entrevista de forma muy acertada las redes sociales, en referencia a Twitter: «Twitter es una zanja de la guerra civil». A los zurdos que dicen que Harlem tiene dos neuronas y que encima no conectan entre ellas en un cerebro vacío les respondería que, a veces, hay que relajarse un poco y reírse con ganas con chistes de los de toda la vida, más del marxismo de Groucho que del de Karl. Los shows de Leo Harlem te pintan una sonrisa en la cara. Te garantizan sota, caballo y rey. Sin más. Parece ser que los seguidores de Leo somos unos simples como él. Prefiero ser un simple que una fórmula compleja. Que Leo juega con los tópicos y los estereotipos, pues claro. Es que ambos existen. Cada vez que le echan en cara lo de ser el cuñao en jefe de España, seguro que él está todavía más feliz en su merecido retiro. Es un chaval de Valladolid que nunca aspiró a llegar tan lejos en la escena cómica de la farándula española, donde es tan complicado durar dos días. Se marcha en la cima. Y hace bien este genio del humor blanco, de la gracia del sentido común. Un tipo que te hace pasar un buen rato sin la necesidad de firmar manifiestos, más allá de uno que suscribiríamos todos sobre la defensa del jamón serrano. Hoy, como todo es política, Harlem sobraba cada vez más. Necesitamos envenenarnos con el odio en este país cainita. Y un tipo que se subía al escenario a decir los chistes del barquero nos parecía el triunfo de lo vulgar. Vulgares, los que se creen exquisitos. Todos terminamos firmando nuestro último autógrafo en una lápida, me temo. Viva Leo Harlem por disfrutar con el pan enchoupado de salsa, y por celebrar el vino.
