Tengo poder, luego soy superior
Tomando prestada la estructura de una de las sentencias filosóficas más citadas (otra principal es la tan humilde como monumental socrática «Solo sé que no sé nada», o el punto de partida exigido para empezar a conocer algo), la del Descartes que acuñó «Pienso, luego existo», diremos, por nuestra parte: «Tengo poder, luego soy superior», premisa primera del que tiene poder, cualquier poder, sobre el otro o los otros, pero de un tipo que es caracterizado como , en tanto en cuanto lo dicta la Naturaleza, la misma por la que hay especies que, tras una frenética y constante lucha por la existencia, alcanzan un éxito reproductivo mayor que otras que se hallan en el mismo nicho ecológico.
Sabido es que esta consideración falaz es conocida como «darwinismo social», que descansa en la meritocracia, donde el nacimiento en el seno de determinadas sagas familiares que históricamente se hicieron con los bienes comunes les otorga una ventaja selectiva apriorística, o las que medran a partir de momentos postreros hasta constituirse en oligopolios económicos desmesurados, o las que circulan por desagües todavía más sucios. Sea de la forma que fuere, el poder hacer creer, verdaderamente, que quien lo detenta es superior al resto, pero sin ningún atisbo de duda. Ese resto, muy mayoritario, puede, y hasta debe, en virtud de tal principio primordial de la Naturaleza, el de la evolución y triunfo del más fuerte, de la que, sin embargo, no siempre es ajena la voluntad de una divinidad, ser esclavizado, sometido, alienado, robado y, cómo no, exterminado.
En este contexto, y a modo de ejemplo preexcelso, el dilema que se le plateó a Hitler con los judíos. Siendo unas bestias singularmente inmundas y que, por consiguiente, deberían suicidarse, y al negarse a la inmolación, él tuvo, obligatoriamente, que tomar la decisión que pasó a la historiografía como «la solución final». El nacido en Austria tenía el poder. Ahora, el poder lo tiene un mesiánico Netanyahu que se siente superior a otras bestias (inmundas: recuerda a las «bestias españolas» del nazi catalán Quim Torra, el alter ego de Puigdemont en su momento), las palestinas. Y él y los suyos, los que interpretan el Libro de los Libros al pie de la letra sangrante, están convencidos de su legitimidad natural a masacrar a sus vecinos inferiores, bajo cuyo adjetivo añade a los libaneses, sin exceptuar a los católicos maronitas.
Los espiritualmente débiles son los que pretenden que los fuertes hinquen la rodilla ante Dios, conducidos por curas y levitas, según uno de los conceptos de Nietzsche y su superhombre, un Nietzsche que vio en la familia valenciana de los Borgia a la última estirpe católica de Roma que se desembarazó de la conciencia de culpa que nos inoculó el cristianismo. O sea, que fueron el no va más. Pero el juego, ay, es un partido de tenis: la pelota va de un extremo al otro. Ahí tienen a curando a los enfermos rodeado de ángeles militarizados y al Espíritu Santo convertido en un cazabombardero. Este mesías, protestante de confesión, quiso meter a León XIV en el corral de los corderos, pero en vano, pues este cordero........
