Quien siembra utopías, cosecha realidades
Por Mariano Palazzo. Junio, 2026
Me acerco dos pasos y se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá… célebre definición de Fernando Birri que se popularizó gracias a El libro de los abrazos (1989) del escritor Eduardo Galeano, amigo del cineasta argentino considerado el padre del nuevo cine latinoamericano.
Famosa es la reflexión que Eduardo, autor uruguayo, hizo sobre lo que su compañero de la otra orilla del río de La Plata escribió, haciendo una analogía con el concepto de utopía, esa isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto descrita en 1516 por Tomás Moro quien, dicho sea de paso, fue canonizado por el papa Pío XI, y posteriormente designado como el santo patrón de los estadistas y políticos por el papa Juan Pablo II.
Galeano concluye que la utopía no hay que concebirla como una meta inalcanzable, sino que hay que entenderla como un motor vital, que sirve como inspiración, que sirve para caminar; nos enseña que la utopía representa nuestros ideales, fantasías y esperanzas de un mundo mejor. Esa, nuestra quimera, nos da la fuerza y la motivación necesarias para seguir avanzando, progresando y transformando la realidad que nos rodea y porque no la de más allá.
Carlo Petrini se apropió de esto. Esa fue la filosofía de vida de este ser visionario, profundamente comprometido con el bien común, las relaciones humanas y el mundo natural, ya que el fundador del movimiento Slow Food no dejaba de afirmar que: Quien siembra utopías cosecha realidades. Petrini nacido en Piemonte, dejó este plano terrenal el 21 de mayo up, cuando le faltaba apenas un mes para cumplir los 77 años. Este escritor y político italiano, creía firmemente que los sueños y las visiones, cuando son justos, son capaces de inspirar la participación colectiva y, si se persiguen con convicción, no son imposibles de lograr.
Se lee en la red: Un viaje de mil millas comienza con un primer paso, una frase atribuida al filósofo chino Lao Tse, fundador del sistema filosófico del taoísmo que se cree vivió entre el siglo VI y IV a.C. y, muchos siglos y años después, en 1986, Carlo Petrini inició su marcha de mil millas y la comenzó dando su primer paso en la misma escalera que conduce hasta la iglesia de Trinità dei Monti, que se ubica en la Plaza de España, una de las más famosas de la capital de Italia, que toma su nombre de la sede de la embajada ibérica ante la Santa Sede y la Orden de Malta.
Desde la monumental escalinata de 135 peldaños, que fue inaugurada por el papa Benedicto XIII con ocasión del Jubileo de 1725, este soñador junto con un puñado de “locos” amigos y conocidos alzó su voz para alertar sobre los riesgos que se estaban corriendo en todos los aspectos relacionados con la alimentación. El filósofo italiano reseñó ese acontecimiento y su motivación el 16 de diciembre de ese mismo año, en el artículo publicado en el primer número del folleto “Il Gambero Rosso” donde escribió sobre la biodiversidad, la defensa de las cocinas regionales, la tutela y protección de los consumidores y del territorio… temas que en aquel momento sonaban revolucionarios y que cuatro décadas después suenan tan urgentes y necesarios.
Hoy Gambero Rosso ha evolucionado hasta transformarse en una plataforma multimedia, líder en el sector enogastronómico italiano, que abarca desde la formación e instrucción, hasta la organización de eventos ofreciendo incluso una amplia gama de servicios relacionados con el sector agroalimenticio, de la restauración y la hospitalidad italiana. El Gambero Rosso fue solo una de las tantas realidades que se cosecharon a partir de aquel simbólico momento persiguiendo un sueño, cuando sembraron en la Ciudad Eterna la semilla de su propia utopía. A partir de allí, paralelamente, germinó y fue creciendo un movimiento que hoy es una sólida realidad representada en 160 países, tal y como se lee en su página oficial: www.slowfood.com, y que según algunas fuentes cuenta actualmente con más de cien mil miembros estables.
Este hijo de un empleado ferroviario y una verdulera visualizó un camino global arraigado en los valores de una alimentación buena, limpia y justa para todos y todas, conectando comunidades, agricultor@s, artesan@s del alimento, cociner@s, activistas y jóvenes de todo el mundo. Su energía, su determinación, su dedicación a lo largo de toda su vida para, por y hacia los demás fueron, y su legado seguirá siendo, una fuerza inspiradora, en un momento además en que el debate internacional sobre la sostenibilidad y el futuro de la alimentación ocupa un lugar central.
Una discusión que desde siempre ha estado presente en Italia y que llega a movilizar a la misma sociedad en defensa de sus ideales y para muestra de ello podemos rescatar el emblemático ejemplo del 2012, cuando uno de los grandes colosos del Fast food perdió una licitación contra uno de los gigantes de la Moda italiana, por un espacio que había usufructuado por dos décadas en la famosa Galeria Vittorio Emanuele II, que conecta el Duomo de Milán con el no menos famoso Teatro La Scala. Se llegó incluso a acusar al municipio de injerencia y con la posibilidad cierta de llevarlo a juicio, sin embargo, pocos meses después se fumó la pipa de la paz ya que la firma de comida rápida abrió un nuevo local en la misma galería poco distante de su antigua sede.
Aquí recuerdo, y apelo a que mi memoria no me haga uno de sus famosos juegos… que, en 1997, durante mi estadía en la península, con motivo de llevar a cabo un curso avanzado de italiano, en la Universidad de Génova en su prestigiosa sede veraniega de Santa Margherita Ligure, tuve la oportunidad de visitar Milán y luego de estar en la famosa catedral, que tardó seis siglos en ser completada (1386-1965), entré a comer en aquel local que tenía ya cinco años funcionando. Las imágenes que guardo de ese momento son las del típico y característico establecimiento que se ha globalizado con los mismos estándares que revolucionaron la industria en la década de los ’50 y que hoy, a distancia de casi ochenta años, permite que una operación compleja se replique con precisión en más de cuarenta mil locales distribuidos en 119 países.
Sin embargo, en mi corteza cerebral, donde según los estudiosos se almacenan los recuerdos a largo plazo, mis neuronas conectan múltiples píxeles delineando una imagen en particular de ese local en Milán: Colocada discretamente en una esquina, había una muy pequeña estación, completamente adaptada para preparar y servir pasta al dente y al momento, con toda una variedad de salsas italianas y vegetales cocidos. Para mí eso significaba una acertada estrategia de mercadeo para hacerse con la voluntad de los llamados Buongustai italianos, con el fin último de que estos acompañaran de la mejor manera a sus hijos y nietos que se hacían felices con la compra de la respectiva cajita con todos los obsequios que venían adentro… pero eso fue a finales del siglo pasado.
En todo caso, el movimiento Slow Food, de carácter profundamente humanista, siguió su camino y luego de tres años de aquel acto romano, finalmente en 1989, el mismo año que hasta Venezuela Carlos viajó, el mismo año del tristemente célebre Caracazo, un documento de fundación fue protocolizado y oficializado en París, reivindicando la riqueza propia de cada territorio, su capacidad productiva,........
