BanRep: la conveniencia política cuesta más que la tasa de interés
Este es un espacio de debate que no compromete la opinión de La Silla Vacía ni de sus aliados.
Esta columna fue escrita por el columnista invitado Leonardo Urrea.
El próximo viernes la Junta del Banco de la Republica tomará una nueva decisión sobre las tasas de interés. Luego de que el pasado 31 de marzo, el ministro de Hacienda abandonó intempestivamente la sesión de la Junta Directiva del Banco de la República, rechazando el segundo incremento consecutivo de 100 puntos básicos en la tasa de interés de política monetaria, que pasó de 9,25% a 11,25% en apenas dos reuniones. El presidente Petro anunció que “el gobierno se retira de la junta” y el Ejecutivo adelantó su intención de reformar constitucionalmente el mecanismo de decisión del emisor. En paralelo, una carta abierta promovida por el Centro de Pensamiento Vida denunció que el Banco opera como “un representante político de los rentistas”, mientras que dos comunicados, uno firmado por siete decanos de economía y otro por más de 200 economistas, salieron en defensa de la autonomía institucional.
El debate ha escalado a un terreno que combina teoría económica, pugna distributiva y política electoral. Pero detrás de la retórica abundan malentendidos profundos sobre por qué existen bancos centrales independientes, cuál es la naturaleza del problema que resuelven y quiénes pagan realmente cuando esa independencia se erosiona. Este artículo busca aportar claridad desde la tradición teórica que formalizó estas cuestiones: la de Thomas Sargent, Christopher Sims, Finn Kydland y Edward Prescott.
El problema es de credibilidad
La justificación teórica de la independencia de la banca central no descansa en una preferencia ideológica por el “capital” ni en un culto tecnocrático a la estabilidad de precios como fin en sí mismo. Descansa en un problema lógico que Kydland y Prescott formalizaron en 1977 y que les valió el Premio Nobel en 2004: la inconsistencia temporal de la política económica.
El argumento es el siguiente: imaginemos un gobierno benevolente —no corrupto ni capturado por élites— que genuinamente quiere maximizar el bienestar de la sociedad. Ese gobierno enfrenta una tentación permanente: si los agentes económicos esperan inflación baja, el gobierno puede generar una inflación sorpresiva que reduzca temporalmente el desempleo y abarate el servicio de la deuda. Pero los agentes no son ingenuos. Si saben que el gobierno tiene esa tentación, ajustarán sus expectativas al alza. El resultado es un equilibrio perverso: inflación más alta sin ninguna ganancia de empleo. Es lo que Barro y Gordon (1983) formalizaron como el “sesgo inflacionario” de la política discrecional.
La independencia del banco central es un mecanismo de compromiso diseñado para escapar de esa trampa. No se trata de quitarle poder al pueblo; se trata de resolver un problema de inconsistencia que ningún gobierno, por bienintencionado que sea, puede superar solo con buenas intenciones. Como lo formalizó Rogoff (1985), delegar la política monetaria en un agente “conservador” —más adverso a la inflación que la sociedad en promedio— produce un resultado superior al que obtendría un planificador social benevolente con plena discrecionalidad. La independencia del banco central no es una concesión al capital financiero: es una solución institucional a un problema que persiste incluso cuando el gobierno busca genuinamente el bienestar de los trabajadores. Lo que estamos viendo en Colombia es un ejemplo de libro de texto: el gobierno y sus aliados actúan exactamente como la teoría predice.
Las lecciones ignoradas de Sargent
Thomas Sargent, en su célebre estudio sobre el fin de cuatro grandes inflaciones europeas del período de entreguerras, demostró que las........
