El árbol y la máscara: antología de columnas sobre el gobierno Petro
Gustavo Petro, como presidente, podría ser un árbol. Al menos así lo sugiere el retrato oficial que dejó en la galería de arte presidencial de la Casa de Nariño: de cuerpo entero, sembrado en el lienzo, sentado con la pierna cruzada y fundido sobre una silla de madera oscura, tallada y mullida, que lo acomoda con holgura.
El pie izquierdo descansa en el suelo, como una raíz; el derecho, cruzado sobre la rodilla, queda suspendido en el aire, fuerza contenida de la diestra. Viste de blanco santero —guayabera y pantalón holgado, sin corbata ni protocolo—, con sus manillas simbólicas en cada muñeca, hilos de promesa y de protección, y sostiene en la mano izquierda un afilado lápiz amarillo, de filósofo o de profesor sin más cuaderno donde escribir que el lienzo de su propia épica.
La imagen se mueve a medio camino entre la pintura naíf (en el trazo ingenuo del paisaje y la composición rupestre bocetada con Inteligencia Artificial, en la desproporción suave pero bien pintada de la figura) y el busto (en la mirada frontal, serena, amorosa y consciente de la cámara y de la Historia), calzado, eso sí, con una juvenil zapatilla deportiva blanca de cuerina impoluta que contrasta con las canas del abundante cabello producto de un elaborado implante (tanto capilar como pictórico) y de un rostro templado, pleno, firme, pero con la sonrisa enigmática de la Mona Lisa, iluminado teatralmente de frente aunque el sol quede a su espalda: casi un ser de luz que se alumbra a sí mismo, bajo la excepcionalidad histórica que la imagen narra en un solo instante.
Tres mariposas amarillas revolotean, adorno obligado de una postal rural, símbolo macondiano fatigado pero, a fin de cuentas, compañía y juego con el orbe natural de un patriarca en su otoño. El trono improvisado se planta sobre una colina, un sembradío —¿de café?, ¿un viñedo criollo?, ¿ladera de finca agricultora de maíz y coca?— que desciende hacia una modesta casa blanca de tejas rojas, minúscula, casi de juguete, decimonónica, fundada sobre el irresoluble conflicto de la tierra que ninguna reforma agraria legislativa ni contrarreforma agraria de despojo violento ha podido resolver bajo ese sol grande que se filtra entre naranjas y dorados que coronan la escena de un país verde, fértil, único y hermoso.
Ni bandera, ni escudo, ni columna alrededor, ni banda presidencial, ni pose bilingüe de apellidos hidalgos, ni linaje erecto de “gente bien”, ni apropiación astuta y robo de lo que es de todos —como el tricolor patrio o la camiseta de la selección de fútbol—: la silla, con sus brazos curvos y su respaldo labrado, es lo único que recuerda que ahí, alguna vez, mitad raíz, mitad resorte, se sentó el poder presidencial más cercano, por su origen y trayectoria, a una base popular política de raíz profunda.
Gustavo Petro, como presidente, podría ser un árbol. Un árbol con la raíz puesta donde debe estar, un ser humano capaz de llamar por su nombre al GENOCIDIO, pero que en su vida política y social se va por las ramas, o que, tal vez, dejó de crecer: se podó a sí mismo por vanidad —vanidad de vanidades, todo es vanidad—, y, a la vez, fue podado por actos de sevicia extrema, de clasismo,........
