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La narrativa de fraude: rentable para políticos, letal para la democracia

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04.06.2026

El presidente Petro decidió insistir en su narrativa de fraude electoral y tender un manto de duda sobre los resultados de la primera vuelta. Aunque ya había recurrido a ese tipo de señalamientos en el pasado, como candidato, nunca lo había hecho desde la jefatura del Estado.

Abelardo de la Espriella lo acusó de querer quedarse en el poder desconociendo la voluntad del pueblo colombiano, reavivando el fantasma de que Petro no entregará la Presidencia el 7 de agosto. 

Pero la narrativa no viene solo de Petro. Desde el año pasado, sectores de la derecha también han dicho, sin pruebas, que el presidente podría robarse las elecciones. Aliados de De la Espriella, como Lina Garrido o el influencer Vincent Ramos, han sembrado dudas sobre la integridad del sistema electoral.  Y en redes han aparecido cuentas que pagan millones de visualizaciones para difundir la mentira de que Petro llegó en 2022 gracias a un fraude.

Después de votar el 31 de mayo por Iván Cepeda, Petro recordó que la oposición llevaba años diciendo que él quería perpetuarse en el poder y que no volvería a haber elecciones en Colombia. “Y están sucediendo”, dijo. Pero esa respuesta no borra el problema de fondo: cuando un presidente habla de fraude sin pruebas, no solo defiende una causa electoral; también erosiona la confianza en las reglas que sostienen la democracia.

La Silla conversó con más de diez expertos y periodistas para entender cuáles son los riesgos reales de que líderes tan populares como Petro, De la Espriella, Donald Trump o Jair Bolsonaro conviertan la sospecha de fraude en herramienta política.

En Estados Unidos y Brasil, Trump y Bolsonaro construyeron relatos infundados de fraude que terminaron, respectivamente, en el asalto al Capitolio en 2021 y en la toma de las sedes de los tres poderes en Brasilia en 2023.

A pesar de los intentos violentos, ninguno logró perpetuarse en el poder. En cualquier caso se fueron. Pero en ambos países millones de personas siguen creyendo que las elecciones fueron robadas, aunque no haya pruebas de ello.

Ese modelo, importado de la última década, puede hacer que una teoría de conspiración pase a convertirse en un carnet de movilización política. 

Estas son cuatro claves para entender cómo ocurre.

Siembran duda sin necesidad de probar nada

Las buenas mentiras no son obvias. Son eficaces precisamente porque no necesitan probarse, les basta con sembrar duda.

En las narrativas de fraude hay dos elementos que juegan a favor de quienes las promueven. El primero es la complejidad de los sistemas electorales, que para muchos ciudadanos son difíciles de entender. El segundo son las redes sociales, que premian el contenido alarmante. La combinación es poderosa porque cualquier confusión puede convertirse en sospecha y cualquier sospecha puede presentarse como prueba.

Así, los votantes dejan de diferenciar entre una irregularidad y un fraude. Una fila, un tachón, un retraso, un formulario mal diligenciado o un error corregible pueden sobredimensionarse hasta parecer evidencia de una conspiración para alterar la voluntad popular. Y como ninguna elección es perfecta, siempre hay materia prima para alimentar la desconfianza.

“El fraude es escasísimo, rarísimo y muy fácil de detectar. Para organizar un fraude hay que cerrar las ventanas, cerrar las puertas, correr las cortinas y arrojar la llave por la ventana. Es decir, el antídoto del fraude es siempre la transparencia”, explica José Antonio de Gabriel Pérez, jefe adjunto de la Misión de Observación Electoral de........

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