La batalla que Abelardo puede ganar y la guerra que puede perder
Esta semana, Abelardo de la Espriella dejó entrever que el Acuerdo de Paz de 2016 podría ser uno de los primeros campos de batalla de su gobierno.
En su tercera “alocución” desde que fue elegido presidente, anunció que el 7 de agosto acabará la figura del Alto Comisionado para la Paz, calificó a la JEP de “disfraz de tribunal” creado para lavar crímenes y prometió hacer todo lo posible para que el exjefe de las Farc Rodrigo Londoño termine en la cárcel. También incluyó varias oficinas y agencias asociadas a la paz en el paquete de instituciones que planea eliminar o trasladar para reducir el Estado.
Atacar el Acuerdo –que 10 años después de su firma sigue siendo una herida abierta para quienes votaron No en el plebiscito– le permitiría mantener movilizada a su base, justificar esos recortes y marcar una ruptura con Juan Manuel Santos y Gustavo Petro. Pero la realidad es que no puede acabar la JEP por decreto, ordenar el encarcelamiento de sus comparecientes ni borrar las obligaciones que adquirió el Estado aunque sí puede desacreditar el Acuerdo, debilitar su institucionalidad, reducir los recursos para implementarlo y subordinarlo a su política de seguridad.
La paradoja es que Abelardo podría ganar la batalla simbólica contra el Acuerdo de Paz pero al hacerlo puede terminar ampliando la base de reclutamiento de los grupos criminales que promete derrotar.
La utilidad política del símbolo
Atacar el Acuerdo le sirve a De la Espriella porque puede reunir en un mismo símbolo a las antiguas Farc —sin distinguirlas de las disidencias actuales—, a Petro, a Santos, a la JEP, a la impunidad, a la burocracia excesiva y a las negociaciones fallidas de la Paz Total. Es decir, varias de las cosas que motivaron a la derecha a votar por él.
También le permite presentarse como una ruptura con los tres gobiernos anteriores: Santos firmó el Acuerdo y creó su institucionalidad; Iván Duque terminó implementándolo pese a prometer “hacerlo trizas”; y Petro lo defendió en el discurso, pero lo debilitó en la práctica.
El gobierno Petro utilizó parte de esa institucionalidad para atender negociaciones con estructuras que seguían armadas y que, como la Segunda Marquetalia, incluso habían traicionado el Acuerdo. Los malos resultados de la Paz Total contaminaron políticamente el pacto de La Habana y ahora le permiten a Abelardo vender el final de las negociaciones de Petro como el entierro de todo el modelo de paz de la última década.
Además, por esta vía, De la........
