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La buena fórmula

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21.03.2026

No hay que ser un observador clínico de la realidad, absolutamente objetivo o neutral, para saber que estos son tiempos difíciles e inciertos. 

Uno no sabe nunca mucho, pero muchas veces sabe más o menos algo, así sea poco. En este tiempo, en estos meses de campaña, no sabemos nada. Las encuestas no nos dicen suficiente –escojan su razón favorita: por la ley de encuestas, porque están mal hechas, porque están distorsionadas, porque alguien las pagó para lograr algo, porque los seres humanos somos inconstantes–. No sabemos, tampoco, qué va a hacer el gobierno: si, además de seguir contratando y presionando a contratistas, manipulando la opinión con el sistema de medios públicos, insultando a la oposición y a sus críticos, va a seguir atizando a la minga indígena, presionándola para que presione. Tampoco sabemos si el gobierno y el presidente van a seguir con sus acusaciones (falsas) a las autoridades electorales y a las misiones de observación electoral nacionales y extranjeras. No sabemos si el presidente va a hacer una trumpada o una bolsonarada en caso de que pierda las elecciones. Tampoco sabemos qué van a hacer los grupos armados ilegales, que ya asesinaron a un precandidato, para seguir influyendo en contra del orden constitucional y, quizás, a favor de sus candidatos preferidos. 

(Sabemos, eso sí, que las entidades de control no van a hacer nada, siguiendo su pasmosa costumbre). 

No sabemos qué va a pasar con la economía, ni con Irán, ni con la agonizante dictadura chavista de al lado. 

Tampoco sabemos quién va a ganar la presidencia. Nadie lo sabe. Esa incertidumbre colectiva es una de las maravillas de una democracia funcional, supongo. 

Y, en medio de esa incertidumbre, algunos espectadores habíamos estado pidiéndoles a los políticos centristas y liberales que depusieran sus diferencias, sus ambiciones, incluso, y que se unieran. La “gran consulta” fue lo único que se acercó a eso, aunque lamentablemente dejó afuera a Sergio Fajardo y a Claudia López. (De nuevo, escojan su razón favorita para esa exclusión; ya no importa). 

Después de ver los resultados de las elecciones legislativas –una aumentada, aunque mediocrísima, bancada del oficialismo y la derrota de líderes parlamentarios que van a hacerle mucha falta a Colombia en el próximo Congreso– lo único que da algo de alivio, la única esperanza de que este país se salve de otro gobierno que busque imponernos un régimen populista (inflacionario, expropiatorio, autoritario, escéptico de las formas liberales, de la propiedad privada y del sentido común), es el resultado de esa “gran consulta”. 

No era “grande” antes de ese domingo. Pero se volvió grande ese día y se ha vuelto más grande después. 

La única fórmula que representa un esfuerzo de unión entre personas y fuerzas políticas distintas es la de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. Valencia no ha renunciado a sus ideas. Oviedo tampoco. Han reconocido que piensan cosas distintas sobre asuntos que para ellos son importantes: el acuerdo de 2016 y los derechos de las personas Lgbtiq+, por ejemplo. 

 Pero han logrado dejar de lado las diferencias; saben que lo que está en juego es más importante (de hecho, lo que está en juego es el espacio mismo donde esas diferencias puedan expresarse y resolverse por vías pacíficas, siguiendo reglas de juego compartidas). 

Durante los días que siguieron al domingo, pensé que Oviedo no iba a aceptar la fórmula vicepresidencial. Pensé que estaba poniendo unas condiciones que eran imposibles de cumplir para Paloma Valencia. Pensé, también, que ella y su partido iban a perder la paciencia y se iban a ir con una opción más previsible, más cómoda, acaso, y más aburrida.

Pero no: lograron unirse y, lo que es más sorprendente, no hicieron ninguna apostasía de lo que son ni de lo que creen. No va a ser fácil para ellos lidiar con esas diferencias y, sin embargo, han decidido tratar de seguir adelante. 

El centro liberal no es monolítico ni homogéneo. No es una sola cosa ni está exclusivamente donde los herederos de la “ola verde” dicen que está (i.e. en sus ombligos). 

En estas semanas, Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo mostraron que el centro puede ser un proyecto que se construye entre personas distintas y que tiende, a veces, a la derecha y, otras veces, a la izquierda. Mostraron unas virtudes centristas, también: pragmatismo, tolerancia, lealtad con la democracia liberal, capacidad de ceder y de reajustar las prioridades. 

Distintos que son, lograron encontrarse y lograron hacer una buena fórmula. Y han conseguido, también, organizar una campaña que incluye a los precandidatos que ellos derrotaron en la consulta. 

Parece que quieren ganar. Y eso, aquí, es casi un milagro.


© La Silla Vacía