Trump: semblanza de un aprendiz de brujo, por José Rodriguez Elizondo
Tras la segunda guerra mundial EE.UU. fue hegemón compartido, en modo “república imperial” (definición de Raymond Aron). Esto significa que, a la inversa de la Unión Soviética (URSS), promovía reglas y valores que satisfacían más a los demócratas que a los dictadores y sólo eventualmente invadía territorios. En ese contexto, la paz perfecta era imposible, pero una Tercera Guerra Mundial era improbable. Todo esto dicho en pretérito y no sólo porque la URSS implosionó. En lo principal, porque también implosionó en los EE.UU. ese modo semiaceptado para imponerse en su órbita de influencia. ¿Y esto desde cuándo? Pues, desde que apareció Donald Trump en el escenario mundial.
Tras su intervención militar en Venezuela con captura de Nicolás Maduro, delegación de poderes en cómplices del dictador y ninguneo humillante de María Corina Machado, el presidente Trump terminó de alterar el sueño de los terráqueos. En EE.UU. se teme que su política exterior conduzca a un aislamiento superior al que anticipara Samuel Huntington, en 1993, con su Guerra de las Civilizaciones. Según dicho autor, si Occidente se fajara con el mundo no occidental (The West versus the Rest), EE.UU. debía sostener “una estrecha unión con sus socios europeos” y promover la “occidentalización de América Latina” (para Huntington los “hispanos” somos de otra civilización).
Tres décadas después, bajo el lema America first, Trump amenaza con la fuerza de EE.UU. al resto del mundo, con violación de sus propias leyes y sistemas constitucionales. Es como si en su sala de máquinas estuviera fraguando un imperio en formato clásico, bajo un líder que parafrasea el lema atribuido a Luis XIV: “L’empire c’est moi”.
La estrategia de seguridad nacional de EE.UU. publicada en noviembre pasado, tiende a confirmar esa ambición. Dice........
