El derecho a aburrise
El otro día vi a un niño aburrirse y me pareció una escena casi exótica. Fue en una terraza de Ourense, a media tarde, con ese calor que obliga a hablar bajito. Los padres charlaban, el crío llevaba un buen rato sin nada que hacer y, cosa rara, sin nadie que le pusiera una pantalla delante. Primero protestó. Luego empezó a colocar los sobres de azúcar en fila, como si fueran una carretera, y estuvo veinte minutos metido en un mundo entero que se había inventado encima de una mesa de metal. Lo miré más rato del que es educado mirar, porque caí en la cuenta de que hacía años que no veía aburrirse a nadie. Y de que yo tampoco me aburría desde no sé cuándo.
Hemos eliminado el aburrimiento de nuestra vida sin haberlo decidido nunca. No hubo un día concreto ni un aviso. Ocurrió despacio, tapando huecos: la cola del supermercado, el ascensor, los dos minutos del semáforo, el rato antes de dormir. Cualquier grieta de tiempo muerto tiene hoy quien la rellene, y como nadie echa de menos lo que no sabe que ha perdido,........
