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Éroes de Hopereta

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17.03.2026

Desde que el poder se ha empeñado en tipificar las emociones, yo ya no odio, sino que detesto. En un caso extremo, incluso aborrezco.

Hasta que no se tipifique el delito de haborrecimiento (con hache o sin hache) creo que estoy a salvo, por tanto, de la cárcel, la censura, la sanción o la cancelación. Es un planteamiento que me atrevo a creer astuto y que ofrezco generosa y filantrópicamente a los neurólogos cognitivistas que, desesperados, siguen recordando en el desierto que lo emocional es prelingüístico y que hay cosas como el dolor y las emociones que no pueden tener unidad de medida.

Hannah Arendt (una de las personas que mejor escribía en el siglo veinte) ya nos alertó -en su texto canónico sobre la violencia- acerca de la desorientadora transposición de términos propios de la física (como «energía») a terrenos biológicos y psicológicos donde carecen de sentido, puesto que no pueden ser medidos. La «energía» es una magnitud escalar, medible en Julios. Me gustaría saber cuál es la unidad de medida que van a usar los expertos del gobierno para desarrollar esa herramienta que medirá el odio y que ha anunciado de una manera tan rimbombante y sobreactuada nuestro apuesto presidente del gobierno. Debe aclarar también si aplicará tal algoritmo al conocido tuit que le dedicó Óscar Puente a Eduardo Madina, a ver qué sale.

La otra idea genial que está haciendo reír mucho es bautizar a la supuesta herramienta nada menos que con la palabra odio con hache. Vaya cerevros pribilegiados: hocurrencia de gran horiginalidad. Nuestro presidente quiere que le voten como héroe de la paz y del amor contrapuesto al demonio americano de la guerra. Me temo que, si aspira a enseñarnos cómo ser vuenos, ha de pensar que pretender cambiar el mundo cambiando tan solo de sitio las haches puede que sea una hidiotez de gran hanalfabetismo.


© La Razón