Una guerra sin una victoria final
Donald Trump nunca quiso involucrarse en una guerra larga contra Irán. Desde el primer día, la Casa Blanca aseguró que el conflicto duraría entre cuatro y seis semanas. Los bombardeos en Teherán cesaron a las cinco semanas y tres días. Dos horas antes de que expirara el último e hiperbólico ultimátum, el presidente estadounidense anunció un frágil alto el fuego con el régimen de los ayatolás. Donald Trump no se equivocó al señalar a Irán como uno de los peores regímenes que existen sobre la faz de la Tierra. Ali Fahim, un joven iraní de 23 años, fue ahorcado este lunes por enfrentarse a los Basij durante las protestas de enero. Las ejecuciones públicas han sido diarias en un país en guerra con Estados Unidos e Israel. Trump sí se equivocó en su retórica y en sus objetivos al confiar en las promesas del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Dijo que quería derrocar al régimen teocrático; sin embargo, ahora negocia con ellos en Pakistán. La guerra sí ha provocado una transferencia de poder en Irán, pero ha sido de los clérigos a los guardianes de la revolución. La prueba es que Jamenei Jr., el nuevo líder supremo, está en coma en Qom, incapaz de dirigir las negociaciones con Estados Unidos; otros lo hacen por él. No está claro si estamos ante una versión más radical y hostil o, por el contrario, veremos un liderazgo más pragmático. La presión interna en Irán es también mayúscula. El otro gran acontecimiento que ha dejado este conflicto ha sido la toma de control, por parte de Irán, del estrecho de Ormuz. Hasta ahora, Estados Unidos había sido el garante del paso seguro por este punto estratégico; en estos 40 días, Teherán se ha convertido en el árbitro de quién tiene derecho a transitar por él y, sin duda, lo está aprovechando, cobrando tarifas y presionando a otros países con la amenaza de impedirles el paso. Trump asegura que quiere trabajar junto a los iraníes para cobrar tarifas (su palabra favorita). Es difícil, no obstante, pasar de archienemigos a socios comerciales. Otra gran incógnita es qué va a pasar con los 440 kilos de uranio altamente enriquecido. Se cree que están enterrados bajo los escombros de Isfahán y Natanz, instalaciones nucleares bombardeadas por EE. UU. e Israel el año pasado. Dejar el yacimiento dentro de Irán podría darle al régimen la oportunidad de excavarlo y utilizarlo para crear un arma nuclear en el futuro. Estados Unidos ha obtenido una victoria militar con la eliminación del líder o líderes supremos y el deterioro de sus instalaciones militares, pero mientras Irán retenga su capacidad de desestabilizar Oriente Medio (como parece en Ormuz), la victoria no puede ser ni completa ni definitiva. Trump, además, sale moralmente tocado de esta campaña. Sus excesos verbales no han servido para coaccionar a sus enemigos, sino para escandalizar a sus aliados. La amenaza de que «toda una civilización morirá esta noche» provocó un gran revuelo dentro de MAGA, con llamamientos a invocar la Enmienda 25, que permite la destitución del presidente. «¡¡¡LA 25.ª ENMIENDA!!!», publicó en X la excongresista Marjorie Taylor Greene. No fue la única. Tucker Carlson, otro exapóstol trumpista, denunció «un crimen de guerra, un crimen moral» en Irán, e incluso pareció insinuar que Trump podría ser el anticristo. El presidente de EE. UU. ha demostrado una enorme capacidad de resistencia, pero podría estar acercándose a un punto de no retorno.
