La guerra que definirá el legado de Trump (y Sánchez)
En los últimos años, el líder supremo iraní, Ali Jamenei, se había convertido en el dirigente internacional más vigilado por los servicios de inteligencia estadounidenses e israelíes. La CIA y el Mossad seguían de cerca sus movimientos y los de su entorno. Para actuar, necesitaban conocer sus coordenadas exactas con cuatro o cinco horas de antelación. Es el tiempo que tardan los cazas israelíes en alcanzar el espacio aéreo iraní y disparar contra los objetivos militares sin ser detectados. La oportunidad se dio el sábado 28 de febrero a las 9:40 horas en Teherán. El hecho de que el líder supremo hubiera accedido a presidir una reunión presencial a plena luz del día con la cúpula de seguridad no es sólo un fallo garrafal del régimen teocrático sino una prueba de que el gran ayatolá había aceptado su destino. El chivatazo precipitó la guerra. Estados Unidos e Israel obtuvieron una victoria rotunda e inmediata al asesinar a Jamenei en el primer día de su ofensiva aérea. La victoria final, sin embargo, es más incierta.
Trump accedió a entrar en guerra por la percepción de que la República Islámica está en su momento más débil. Pero la falta de objetivos claros complica el desenlace último. Estados Unidos e Israel podrían no estar del todo alineados. Trump abogó por un cambio de régimen en su primer mensaje a los estadounidenses, pero poco después se limitó a señalar la destrucción del programa nuclear y de los misiles balísticos; Netanyahu, sin embargo, cree en el fin la República Islámica. La ausencia de objetivos definidos implica una falta de estrategia, y el presidente estadounidense podría necesitar pronto una salida. Un bajo número de bajas prolongaría el conflicto armado, mientras que un aumento de las mismas acortaría la batalla. Además, Irán ha extendido el conflicto a los países aliados de Estados Unidos en la región con la finalidad de aumentar la presión sobre Washington para frenar los bombardeos.
En estos momentos es difícil prever un cambio de régimen, aunque tampoco puede descartarse. Los expertos militares insisten en que los cambios internos no llegan desde el aire. Estados Unidos no tiene intención de poner tropas sobre el terreno, aunque sí va a armar a las milicias kurdas para que hagan el trabajo sucio. En Irak, después de la campaña militar hubo una invasión terrestre y, en Libia, tras los intensos bombardeos de la OTAN las milicias armadas por Europa terminaron el trabajo. Hoy es un país fracturado y prácticamente ingobernable.
Esta vez, a diferencia de Irak, Trump no ha creado una coalición internacional para atacar a Irán. Los europeos se quedaron al margen, pero una vez que la República Islámica ha expandido sus ataques indiscriminados y amenaza con cerrar el estrecho de Ormuz no se pueden quedar de brazos cruzados. Europa debe priorizar la defensa de las rutas marítimas y debe dar cobertura a Estados Unidos en la campaña. No podemos solicitar la asistencia militar de Washington en Ucrania y luego no contribuir cuando se nos necesita. Pedro Sánchez se equivoca con su «No a la guerra», aunque haya conseguido movilizar a sus bases. La negación no es suficiente para acabar con las guerras, normalmente las agrava.
