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La guerra en Irán: Una trumpeza

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Medio Oriente se ha convertido desde hace décadas en una obsesión de Estados Unidos que le sale regularmente mal.

La administración de Trump se envalentonó con los bombardeos de 2025 en Irán, con las campañas relámpago en la región y la abducción de Maduro en Venezuela y se metió en una guerra cuyo desarrollo ha sumergido al mundo en una crisis energética, económica, política y social. Estados Unidos e Israel apostaron a que una campaña de bombardeos en Teherán, la eliminación del ayatolá Alí Jameneí y su círculo cercano y la presión militar y económica bastarían para desmantelar el régimen en semanas, pero eso no ocurrió. A un mes del conflicto, es evidente que la guerra ha generado daños catastróficos a la economía y la población iraní, pero el régimen no se ve en un inminente colapso y conserva capacidad de mando sobre su territorio y su población.

Con el paso de las semanas también se fue haciendo visible otra divergencia: Estados Unidos e Israel no están persiguiendo exactamente el mismo objetivo. Washington quiere terminar el conflicto antes de que el costo energético, inflacionario y diplomático siga escalando. Trump ya habla de salir “rápido”, aun si eso implica regresar después con ataques focalizados. Israel, en cambio, apostó a que el deterioro del aparato iraní podría abrir la puerta a una revuelta interna o, al menos, a una desestabilización más profunda del régimen. Pero ni una salida ordenada ni una insurrección popular parecen escenarios cercanos. Lo que hay es una guerra que no parece terminará pronto y una situación en donde Irán ha conseguido poner en jaque a la economía mundial.

Europa ya empezó a resentir esa factura y también a marcar distancia política. Francia respondió esta semana que la OTAN no existe para realizar operaciones ofensivas en el estrecho de Ormuz. Reino Unido y España, también miembros de la OTAN, han negado el uso de su espacio aéreo y sus bases militares para operaciones estadounidenses. Hay una seria fractura entre Europa y Estados Unidos. Europa apenas empezaba a salir de la secuela inflacionaria y energética de la pandemia y de la invasión rusa a Ucrania. A esto se suma que en marzo la manufactura europea volvió a enfrentar aumentos severos de costos por la guerra y por las disrupciones logísticas asociadas a la guerra y el cierre del estrecho de Ormuz.

En Asia y Oceanía el golpe puede ser todavía más profundo. El problema no es sólo el petróleo. De acuerdo con la EIA, 84 por ciento del crudo y condensados y 83 por ciento del gas natural licuado que transitan por Ormuz terminan en Asia. China, India, Japón y Corea del Sur están en el centro de esa exposición. Pero además la región depende de combustibles refinados, resinas, petroquímicos y fertilizantes cuya circulación también se ha alterado. Por eso el impacto no se limita al precio de la gasolina: alcanza a la electricidad, a la manufactura, al transporte, a los costos agrícolas y eventualmente a los alimentos.

En América el efecto ha sido más matizado, pero empieza a sentirse. En México el Gobierno ha optado por contener el golpe con una combinación de acuerdo político y mecanismos fiscales: renovó con gasolineros el compromiso para mantener la Magna por debajo de 24 pesos y ha ampliado estímulos al IEPS, sobre todo para el diésel. En el corto plazo la decisión es útil para amortiguar el shock y contener la inflación, pero si se prolonga la situación como parece que será el efecto será precisamente el contrario. Un control de precios o un subsidio que se mantenga en el tiempo va a terminar por trasladar el costo al Estado o a los márgenes privados, lo que eventualmente generará distorsiones serias en el mercado, desabasto e inflación.

En Estados Unidos la gasolina ya superó los 4 dólares por galón y el alza amenaza con enfriar el consumo en los próximos meses. La inflación se ha convertido en el principal problema doméstico de Trump. La elección intermedia en Estados Unidos será el 3 de noviembre de 2026, apenas faltan siete meses. ¿Siete meses es mucho o poco? En política en siete meses puede pasar de todo, pero bajo esta lógica mientras antes termine el conflicto, mejor para Trump. Si el conflicto termina pronto, la Casa Blanca todavía podría desviar la atención del desgaste. Si se prolonga, la guerra dejará de ser un asunto de seguridad exterior para convertirse en inflación, vergüenza y derroche.

Pedro Sánchez Rodríguez

México y sus jóvenes exhaustos


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