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No hay flotilla para protestar por «Anboto»

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29.03.2026

Soledad Iparraguirre «Anboto» no es lo que se dice una ciudadana ejemplar. Se la vincula con una docena de asesinatos. Mandó en ETA y puso voz al «fin» de los asesinatos. Ha cumplido 22 de los casi 400 años de condena y ya disfruta de un régimen de semilibertad. No es esto, sin embargo, lo que más escandaliza, aunque arrimo mi solidaridad a las víctimas que se duelen de verla en la calle. Se supone, se suponía antes de entrar en esta era distópica, que lo correcto era ponerse del lado de los débiles, en este caso de los familiares desamparados a quienes esta asesina segó la vida y el destino de ser lo que quisieran, hasta un delincuente o peor persona que quien apretó el gatillo. Lo peor, digo, no es ver a «Anboto» como a cualquier vecina que va por el pan sino lo poco que importa.

Hablemos claro, para algunos, lo mejor del fin de ETA no fue que la banda dejara de matar sino que le quitó de encima un problema ético. Se hacía insoportable llorar con las víctimas mientras se congeniaba con los verdugos. Es más fácil que hoy se pongan de acuerdo grupos dispares para lamentar un asesinato machista (y está bien que se proteste) que, en aquellos días, se hallara consenso para mandar al infierno a los culpables de un atentado.

Si entonces se deseaba mirar hacia otro lado para no chocar con el horror de comulgar en misa y brindar con la sangre de los desgraciados, no digamos hoy: sale rentable, incluso en la intimidad psicológica, llorar de mentirijillas por los caídos en el frente palestino o iraní antes que acordarse de los que llegaron al cementerio por una guerra injusta y desigual. El País Vasco es la comunidad que mejor disfruta de los servicios públicos. Es una tierra rica con privilegios fiscales que ha sabido aprovechar. Otra cosa es que guarde bajo el asfalto reluciente un río de dolor que, para las víctimas, no hay analgésico que mitigue. Los que vivieron aquello se sometieron a ciertos códigos que solo un psicólogo social podría explicar. Lo que no se entiende, por mucha destreza empática que uno ponga, es que personas que viven a cientos de kilómetros del epicentro cancerígeno, sean capaces de mandar una flotilla al fin del mundo ante cualquier injusticia subjetiva y no levanten la frente ni oteen el quejido de los sufrientes. Es tiempo de penitencia. Puede que «Anboto» haya pagado en la cárcel por lo que hizo, al cabo se trata de un asuntillo legal, pero jamás se borrarán las consecuencias. Su nombre debería provocar náuseas, pero a quién le apetece vomitar con el mal cuerpo que deja.


© La Razón