Se desbordó el sentimiento religioso
A pesar de una realidad sociológica hostil, todavía el nervio católico está vivo. No creo equivocarme al afirmar que lo comprobaremos en la próxima visita a España del Papa León XIV. Y hemos asistido días pasados al fervor popular de la Semana Santa, abarrotados los templos, incontables las procesiones, multiplicados los cofrades y nazarenos, emocionadas las multitudes al pisar las huellas de sus tradiciones religiosas. Seguramente no hay motivo para el optimismo. Pero tampoco el pesimismo debe oscurecer el pensamiento general. El Cristo otra vez crucificado de Kazantzakis ha resucitado. Es verdad que sufre el hijo de Dios vivo, pero también que el renacimiento del sentimiento religioso cristiano está a punto de mostrar de nuevo su gozosa realidad en África y en Asia. También en la América evangelizada por España, Brasil incluido, y en sectores cada vez más amplios de los Estados Unidos y de las sociedades europeas, a pesar de la invasión islámica que padecemos y de la indiferencia y el hedonismo que todo lo arrolla.
Vale la pena recordar de nuevo a Kazantzakis y su Cristo otra vez crucificado. Desgraciadamente, al gran escritor griego se le enredan en sus obras torpes afirmaciones heterodoxas. Pero su imagen de Cristo crucificado por el mundo moderno conserva perfecta validez. Sangra de nuevo el Hijo de Dios vivo. Gota a gota se está consumando de nuevo el gran sacrificio ante la impasibilidad de millones de cristianos.
Vivimos la época de las abdicaciones. Toda una civilización se derrumba ante nuestros ojos con aceleraciones de vértigo. El signo de la Cruz fue sustituido en medio orbe y durante largos años por el de la hoz y el martillo. Pero al marxismo anticristiano le ha sucedido el desafío de la indiferencia, como subrayó Juan Pablo II, el Papa santo, en la Sollicitudo rei socialis. Son muchos, sin embargo, los que se esfuerzan por evitar las concesiones y entregas humillantes, el desastre del sentimiento religioso en algunas naciones. Occidente ha tocado a retirada y se repliega perdiendo carne de su carne y sangre de su sangre. Trepa la yedra de la indiferencia por inmensidades geográficas. Semiramis ya no reina en el mundo. Convertida en dulce paloma, voló para siempre a los cielos. Y sobre el orden de Melquisedec pesa la amenaza de la destrucción total.
