Biología evolutiva: eslabón perdido de la sociología
En las facultades de Ciencias Sociales del Perú predomina, salvo contadas excepciones, una concepción del ser humano que Steven Pinker denominó “la pizarra en blanco”. Según esta perspectiva, nacemos sin una naturaleza innata relevante: la mente sería un lienzo vacío que la cultura, la sociedad y las “estructuras de poder” moldean por completo. De ello deriva una mirada casi exclusivamente constructivista, a menudo influida por el marxismo, la teoría de la dependencia o los enfoques decoloniales, que atribuye fenómenos como la violencia, la desigualdad, los roles de género, la corrupción o los conflictos étnicos casi exclusivamente a la historia y a las relaciones de poder.
Esta mirada es, desde luego, incompleta. En el Perú, donde las ciencias sociales han influido de manera decisiva en el diseño de políticas públicas, sus costos han sido especialmente altos. La biología evolutiva y la psicología evolucionista muestran, con evidencia acumulada desde Darwin hasta los estudios más recientes, que no somos una pizarra en blanco: compartimos con otros primates una profunda herencia biológica que condiciona nuestros instintos, emociones y tendencias sociales. Obras como La paradoja de la bondad, de R. Wrangham; La respuesta, de J. L. Arsuaga; Los pilares de la evolución humana, de E. Carbonell e I. Parra; y El mono canalla, de Victoria de Andrés, ofrecen una síntesis actual y accesible de esta realidad.
Wrangham, por ejemplo, distingue entre dos formas de agresión: la reactiva, impulsiva y “en caliente”, y la proactiva, planificada. Los seres humanos somos excepcionalmente dóciles en la convivencia cotidiana -mucho más que los chimpancés- gracias a un proceso de auto domesticación que redujo la agresividad reactiva. Sin........
