El Mutún: La promesa oxidada
Pocas imágenes describen mejor la historia económica de Bolivia que la del Mutún. Una montaña de hierro intacta, mientras el país sigue importando acero. Un recurso gigantesco, rodeado de discursos grandilocuentes pero sin resultados reales.
Durante décadas, el yacimiento fue presentado como la gran puerta de entrada a la industrialización. No era una ilusión. Se trata de una de las reservas de hierro más grandes del mundo, capaz de sostener durante generaciones la producción de acero nacional. En ese depósito el país proyectó expectativas legítimas de desarrollo.
Se habló de grandes inversiones que impactarían en el empleo, la sustitución de importaciones y hasta en un cambio estructural en la economía. El proyecto del Mutún no era sólo una promesa regional. Su efecto alcanzaba a Bolivia entera. Acero para viviendas, carreteras, puentes y edificios. La base material para dejar de exportar materia prima y empezar a construir riqueza.
Sin embargo, esa promesa se ha repetido durante más de medio siglo sin concretarse. El Mutún ha atravesado gobiernos militares, administraciones liberales y el ciclo del llamado proceso de cambio. Todos coincidieron en el diagnóstico y en la retórica. Ninguno logró producir acero de manera sostenida.
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