África y el silencio de Europa
Hay silencios que también forman parte de la historia.
Nací en África y crecí en España. Mi vida ha transcurrido entre dos mundos que comparten muchas historias, pero que muchas veces se miran sin terminar de comprenderse. Esa distancia rara vez aparece en los discursos oficiales. Se percibe más bien en lo que se dice sobre África… y en lo que se evita explicar.
Hace algunos años, durante una sesión, en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, dedicada al futuro del continente africano, escuchaba a expertos analizar la situación con enorme precisión: datos, informes, proyecciones económicas. Todo estaba bien explicado. Todo parecía claro. Y, sin embargo, mientras escuchaba aquel debate, una pregunta comenzó a inquietarme: ¿cuántas veces puede explicarse África sin dar voz realmente a los africanos?
Aquella pregunta no surgió por casualidad. Era algo que llevaba tiempo percibiendo. Durante demasiado tiempo África ha sido interpretada desde un contorno exterior. Observada, analizada, descrita. Pero pocas veces escuchada desde su más profundo interior.
Se han escrito miles de páginas sobre el continente. Muchas de ellas rigurosas y bien documentadas. Pero al leerlas a veces queda una sensación extraña: hablan de África sin que África esté realmente presente.
De ahí nace una imagen que se ha repetido durante décadas. África aparece asociada a pobreza, conflicto o atraso, como si fuese únicamente un problema dentro del mapa mundial.
Y, sin embargo, África es otra cosa.
Es pensamiento.
Es imaginación.
Es una conversación antigua entre pueblos, lenguas y culturas que han atravesado siglos de cambios sin dejar de preguntarse quiénes son.
Para acercarse a África con claridad hay que aceptar algo que a veces incomoda: la memoria.
No para quedarse atrapados en ella, sino para comprenderla. El colonialismo no solo reorganizó territorios o economías. También dejó marcas profundas en la forma en que el continente fue visto por el mundo… y, en ocasiones, en la manera en que África aprendió a mirarse a sí misma.
Por eso surge una pregunta inevitable:
¿cómo recupera un pueblo su propia mirada después de haber sido narrado durante siglos por quienes nunca llegaron a conocerlo de verdad?
África nunca dejó de pensarse. Mientras el mundo hablaba de ella, el continente seguía creando. En sus ciudades, en sus pueblos, en sus universidades y en sus tradiciones culturales y artísticas, África continuó elaborando su propia manera de entender el mundo. Esa conversación, tantas veces ignorada, sigue viva.
Hoy el continente vive un momento decisivo. Una generación joven, numerosa y conectada con el mundo está creciendo entre la memoria de lo vivido y la posibilidad de algo distinto.
Nunca África había reunido al mismo tiempo tanta juventud y tanta energía creadora.
Pero ningún futuro puede construirse desde el olvido.
La memoria no es una carga. Es una brújula. Los pueblos que olvidan su historia avanzan sin referencias. Los que se atreven a mirarla con serenidad pueden aprender de ella.
En ese proceso, la cultura ocupa un lugar central. La literatura, el pensamiento, las artes y la educación no son un lujo ni un adorno. Son herramientas con las que un pueblo aprende a reconocerse a sí mismo.
Cuando un continente empieza a contarse con su propia voz, empieza también a comprenderse.
África necesita desarrollo económico, por supuesto. Pero también algo más profundo: poder contarse a sí misma.
La relación entre África y Europa necesita una conversación distinta. Durante mucho tiempo estuvo marcada por una historia desigual que todavía pesa sobre el presente. Durante siglos Europa miró al continente africano desde una posición de poder político, económico y cultural. Hoy ese equilibrio empieza a cambiar, pero la forma de mirarse todavía necesita madurar.
España, en particular, mantiene con África una relación que rara vez ocupa el lugar que merece en el debate público. No se trata solo de cercanía geográfica. También se trata de historia, de lengua y de intercambios humanos que durante décadas han unido ambas orillas.
Reconocerlo no significa quedarse atrapados en el pasado. Significa entender mejor el presente.
Hablar de África hoy no consiste en repetir discursos antiguos ni en instalarse en el reproche permanente. Significa reconocer que el continente está viviendo una transformación profunda en la que la educación, el pensamiento y la creatividad están redefiniendo su lugar en el mundo.
Tal vez la pregunta no sea qué puede aprender África del resto del planeta.
Tal vez la pregunta sea ¿está preparado el mundo —y también Europa— para escuchar cuando África habla desde sí misma?
Porque cuando África habla con su propia voz, algo cambia también en quienes la escuchan.
Y quizá ha llegado el momento de aceptar algo sencillo:
África no necesita permiso para existir en la historia.
Lo único que ha pedido siempre es algo mucho más simple: ser escuchada.
Guillermina Mekuy. Escritora y pensadora hispano africana. Licenciada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Madrid. Exministra de Cultura y Turismo de Guinea Ecuatorial
