menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

¡No dejemos que el pelotón se nos escape!

28 0
17.03.2026

Todo aficionado al ciclismo sabe que descolgarse del pelotón es irrecuperable. El efecto del “drafting” o rebufo supone un ahorro de energía estimada entre un 25% y un 50% (!) para el corredor. Quien se cae del pelotón, ¡está perdido!

España, desde su ingreso en la UE, hace ahora 40 años, y a pesar de que al comienzo adolecía de debilidad económica, y presentaba una acusada divergencia con la media de riqueza comunitaria, siempre ha estado con los grandes, encabezando los avances en el proceso de integración. Tanto en los ámbitos económicos (quizás el más significativo fue la incorporación al Euro desde el primer momento), como políticos (incluso liderándolos, por ejemplo en seguridad interior o en la lucha contra el terrorismo).

El Consejo Europeo que empieza pasado mañana tiene lugar en un momento de la coyuntura internacional muy delicado, e incierto, por lo que puede tener particular importancia. Sin duda por las decisiones coyunturales que se adopten. Tenemos que atender urgentemente al reto del aumento de los precios de la energía en los mercados mundiales, que afecta con especial crudeza a Europa, inmersa en un debate sobre su modelo energético.

Pero seguramente también porque suponga un paso más en la concienciación de que se ha de ir más rápido y más allá en la integración económica y de seguridad europeas. Y ello conlleva, seguramente, profundizar en la tendencia que se va fraguando desde hace algún tiempo, de que los que no quieran ir más deprisa, que no impidan que otros lo hagan. Es la “cooperación reforzada”, prevista en en el Tratado de la UE.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia supuso en el campo de la Defensa una brusca llamada de atención. El eje franco-alemán se activó, sin menoscabo de las dificultades profundas para avanzar. En lo político, Francia mantiene su disuasión nuclear nacional bajo control exclusivo, aunque ahora se muestre abierta al diálogo político con socios de la UE. En el plano industrial, como se pone de manifiesto por ejemplo en las grandes divergencias entre Francia, Alemania y España en el más ambicioso de los proyectos en marcha, el futuro avión de combate europeo (FCAS por sus siglas en inglés).

Pues bien, en ese proceso, nuestro país ha recibido una primera llamada de atención en boca del canciller alemán Friedrich Merz, cuando declaró respecto a que algunos países vayan por su cuenta en la integración militar: «Allí donde se requiere agilidad, avanzamos en pequeños grupos es decir, con Alemania, Francia y el Reino Unido, pero también con Italia y Polonia, que son los líderes en Europa».

La segunda, en el plano económico, se produjo en la reunión convocada por iniciativa germano-italiana, hace apenas un mes, en el monasterio-castillo de Flandes, Alden-Biesen. España tampoco estuvo representada.

Se trató de un encuentro informal de primeros ministros y presidentes europeos, cuyo objetivo era precisamente preparar el Consejo Europeo de esta semana. Los presentes se comprometieron a impulsar un plan económico para Europa de desregulación y competitividad, poniendo freno a la burocracia, dejando mayor libertad de acción a las empresas e impulsando mercados de capitales más profundos.

Allí, Mario Draghi defendió que, si no se logra consenso sobre las grandes reformas económicas y financieras, Europa debería actuar mediante una “cooperación reforzada”, especialmente en temas de inversión, energía y mercado de capitales.

En ese contexto, la semana pasada la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, pronunció un discurso ante la conferencia de “embajadores” de la UE en el que declaró que “Europa no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial ya desaparecido”, añadiendo que “ver el mundo tal y como es no disminuye en absoluto nuestra determinación de luchar por el mundo que queremos”.

En realidad, la literalidad de su discurso, ampliado al día siguiente con una intervención ante el Plenario del Parlamento Europeo, deja clara su determinación en defender el mantenimiento de valores, principios y respeto a la ley y reglas en el Derecho Internacional, y el compromiso de la Comisión Europea «con la búsqueda de la paz, con los principios de la Carta de las Naciones Unidas y con el Derecho Internacional»: “Siempre defenderemos el sistema basado en normas que contribuimos a construir junto con nuestros aliados durante las últimas décadas”.

Pareciera una obviedad que si somos incapaces de defendernos a nosotros mismos frente a una amenaza exterior, sin el respaldo de Estados Unidos, ¿cómo vamos a pretender determinar el concierto internacional, más allá de lo retórico y lo declarativo?

No se trata de renunciar a los valores y principios, que se plasman en normas que constituyen el Derecho Internacional, vino a decir Von der Leyen, pero Europa no tiene la capacidad de imponerlas, y las multilaterales se han mostrado completamente insuficientes, cuando no incapaces, para intervenir en casos flagrantes por todos los continentes de ruptura de la democracia, de quiebra del sistema de libertades o de violación de los derechos humanos.

Sin caer en el aforismo de que “en política exterior no hay amigos o enemigos, sino intereses” (atribuido a Lord Palmerston, primer ministro británico del siglo XIX), lo cierto es que hoy, y a lo largo de la historia, ningún país puede llevar a cabo una política exterior basada exclusivamente en valores. Ha de incluir en la ecuación a los intereses, y saber acomodarse a las circunstancias del momento.

Las declaraciones de Von der Leyen no expresan una tesis distinta a la del muy aplaudido primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos (o estás sentado en la mesa o eres parte del menú).

Y es coherente con la intervención del Secretario de Estado norteamericano Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich, cuando dijo que “el viejo mundo ha desaparecido, vivimos en una nueva era geopolítica”, invitando a Europa a participar en el cambio, ante el entusiasmo de los europeos presentes en la sala.

Allí Merz declaró que “necesitamos reflexionar urgentemente sobre si nuestra doctrina, nuestras instituciones y nuestra toma de decisiones, todas ellas diseñadas en un mundo de posguerra caracterizado por la estabilidad y el multilateralismo, han seguido el ritmo de los cambios que nos rodean. Si el sistema que hemos construido, con todos sus intentos bienintencionados de consenso y compromiso, es más una ayuda o un obstáculo para nuestra credibilidad como actor geopolítico”. Sin que nadie se echara las manos a la cabeza.

Más allá del debate ideológico, podemos estar en el umbral de decisiones estratégicas trascendentes, en las que pudiera ser que no participen, al menos en un primer momento, necesariamente los 27 Estados miembros de la UE.

¿Estará España presente en el impulso que algunos países quieren dar para ir forjando una defensa europea común? ¿Seguiremos estando en el grupo de cabeza de la integración económica europea, que tanto contribuyó a nuestro desarrollo?

Desde luego, exportar la bipolarización que prima en la política española no parece que nos ponga en una posición de ventaja, sino más bien al contrario.

Gerardo Galeote. Abogado ADCECIJA, fue miembro del Parlamento Europeo


© La Razón