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Júpiter, el buey y Ricardo Peralta

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11.02.2026

En Las metamorfosis, Zeus, conocido por los romanos como Júpiter, quedó cautivado por la belleza de Europa, hija del rey Agenor. Para acercarse sin provocar temor, decidió transformarse en un toro blanco extraordinariamente dócil. No era un toro cualquiera; su piel brillaba, sus cuernos eran perfectos, su presencia inspiraba confianza.

Europa, intrigada por la mansedumbre del animal, se acerca, lo acaricia y finalmente se sienta sobre su lomo. En ese momento, el toro se levanta y avanza hacia el mar. Sin violencia aparente, sin resistencia posible, en un claro acto de rapto, la conduce a través del agua hasta Creta. Allí revela su identidad divina.

Palabras más, palabras menos, el dios puede adoptar la forma de un animal sin dejar de ser dios y cometer un crimen sin consecuencias, mientras que el animal jamás podrá asumir la condición del dios sin pagar un precio. Siglos después, los romanos resumieron esa doble moral en una frase brutalmente honesta: “Quod licet Iovi, non licet........

© La Razón