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Por qué la izquierda esnob detesta a Torrente

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08.04.2026

Admiro a un amigo, cura de Almería, que cada vez que viene me desencuaderna con los mejores chistes de papas y sacerdotes. Reírse de uno mismo está en el fundamento de los cómicos geniales. El español Santiago Segura se ríe en su última película de sí mismo y de todos, en esa línea que enhebra con Rinconete y Cortadillo, El Quijote o Buñuel y Berlanga. Pedantes, víctimas de cirugía estética, narcisistas, gordos, tontos y demasiado listos, amigos del trinque, viciosos, pelotas, bocazas, fanáticos. Es imposible pasar por «Torrente, presidente» y no reconocerse en una viñeta excepto, naturalmente, si eres religioso de izquierdas, ese tipo de progresismo que te adscribe a un catecismo somero: los otros, siempre malos; nosotros, buenos siempre. En la película de Segura esta vez se dispara contra los partidos políticos: Restar, PSAE, Pudimos y Pape (los trasuntos de Sumar, PSOE, Podemos, PP). Sale lo mismo que en los telediarios, tipos que trincan millones, pagan putas, exigen pisos y coches, enchufan a sus hermanos y enardecen a las multitudes con falsas promesas. Curiosamente no es al PSOE al que se cuelgan estos carteles. Con excepción del narcisismo de Pedro Vilches (un genial Sánchez) los palos se los lleva NOX. Es en esta organización donde el abyecto Jose Luis Torrente hace raíces. En su trayectoria arrasa con lo políticamente correcto, micromachismos ridículos, eufemismos inútiles e insulta a negros, discapacitados, gordas, viejos, en fin, lo habitual. A pesar de cierta indulgencia con la izquierda, son asombrosamente los de izquierdas los que detestan la película. El director ni asoma una uña por la Ser, el País o los medios afines, que no lo entrevistan, y los más militantes arrugan la nariz cuando se menciona el film. La crítica del diario gubernamental señalaba «La caricatura del partido de Santiago Abascal centra lo mejor de una comedia (…) que logra sus gags y trama más aguda en su visión de un populismo oportunista». Y terminaba con esta frase: «una sátira que nutre su visión de la derecha populista, de esa fuente inagotable que son el cuñadismo y la cutrez patria». Me entusiasma la pretendida ceguera, porque es inevitable que cada trincón proxeneta de la cinta nos recuerde a Ábalos y Cerdán, cada tara del lenguaje inclusivo al feminismo antifeminista y cada enchufe al hermano de Aldama (Rubén, el escolta) o al chófer Koldo o a Jessica. Supongo que es eso, que un cura puede reírse de los curas, una mujer de las feministas, un negro de los racistas, pero los militantes radicales están condenados a la ausencia de la risa, como en el Nombre de la Rosa. Actualmente el miedo a la pérdida del dogma viene de ese lado.


© La Razón