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En la octava de Noelia

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01.04.2026

Ha coincidido la Semana Santa con la octava de Noelia y está bien. Es el tiempo del cordero inocente, sacrificado por todos, y también el tiempo de la resurrección. Me queda, sin embargo, fíjense, la pena por el ciento por uno en esta vida porque la promesa es así, completa para la eternidad y redonda para la tierra. Qué inteligente y guapa era Noelia ¿cuántas cosas no hubiese podido lograr con la ayuda adecuada? ¿cuántas alegrías le quedaron por experimentar? ¿cuántos descubrimientos? Es que eran apenas 25 años, yo era una niña con 25 años. Toda la carrera vino después, los hijos, el divorcio, la enfermedad de mi hijo, pero asimismo su recuperación, los libros escritos, tantas sorpresas. Lo único que tenemos los hombres es tiempo. Nos sobra pecado, debilidad, miseria, pero el tiempo se nos ha dado para recorrerlo y hacernos más personas. Si despreciamos el tiempo, no nos queda nada. Con tiempo he aprendido que el éxito es lo de menos, que lo que importa es amar y ser amado. Con tiempo mi hijo se va curando y los otros me dan nietos. Con tiempo comprendo que estoy hecha para el infinito.

En Noelia se dio la tormenta perfecta. Un trastorno límite de la personalidad con ideaciones suicidas, que la impelía a intentar matarse una y otra vez, una familia desestructurada, escasez económica, instituciones de tutela precarias, violaciones. A los 17 ya se autolesionaba, después tomó pastillas, bebió un producto de limpieza, finalmente se arrojó desde un quinto piso. Yo qué sé. Hemos reaccionado tarde, porque de hecho se había salvado y pedía ayuda a gritos: no quería el hospital, deseaba otra vida, a menudo repetía que «no había tenido éxito», salía en las redes lo más hermosa posible, como todas las niñas.

Me queda la pena esa, de no haber llegado a tiempo. El martes por la noche llamé a Polonia Castellanos, abogada de su padre, y le ofrecí mi casa a Noelia y sostén económico, un alquiler en Barcelona si lo prefería. Su madre se lo trasladó, lo mismo que la generosa oferta de James Rhodes, pero me confirman que ya, en ese momento, ella no pensaba sino en la muerte. Criaturita.

Puede que el tiempo no le hubiese servido de nada, vista nuestra pobre oferta anterior al escándalo: una habitación en una residencia sanitaria, fentanilo para los dolores, citalopram para la depresión. Supongo que su corazón, como el mío, anhelaba el universo. Pero una, ya ven, no deja de lamentar el final del tiempo. Es un misterio por qué los que pensamos que hay esperanza eterna nos empeñamos tanto en la duración de esta vida. Y por qué los que creen en la nada después de la muerte relativizan el tiempo cuando se sufre.


© La Razón