Progres vs. mercaderes
Éric Vuillard, escritor francés y ganador del Premio Goncourt, es un crítico del capitalismo, las desigualdades y las injusticias. No se le ocurre que igual esas tres abominaciones no están relacionadas, y que todo encajaría mejor si cambiara «capitalismo» por «socialismo». Con ese bagaje, escribió en el diario El País e invitó a sus lectores a que interpretemos la realidad actual mediante una imagen de la «tradición cristiana» que la simboliza «bastante bien»: la expulsión de los mercaderes del templo. No se le ocurrió que podría haber allí algún problema.
Su diagnóstico es que todo cambió con la crisis de 2008, porque las privaciones económicas pasaron a un primer plano, porque las élites fueron puestas en entredicho, porque el pueblo se separó de sus representantes democráticos, y porque los «los intereses de la vida colectiva» se desvincularon de los intereses de los empresarios, que se indignan por «la más mínima subida de impuestos», que resulta para estos seres egoístas «confiscatoria» y amenazaría con «poner al país de rodillas».
A monsieur Vuillard no se le ocurrió que igual lo que está pasando es que cayó el Muro de Berlín y que el Estado de bienestar, paradigma de la democracia moderna, se precipitó en una dinámica deslegitimadora, porque ya no puede alegar que brinda generosos beneficios sociales que solo paga una minoría acaudalada. El Estado difícilmente puede hacer cosas buenas por la gente sin hacerle cosas malas a la gente. Y la gente protesta. No los empresarios codiciosos ni los ricos epulones. Esto no va de minorías. Esta va de usted, señora.
Hablando de ir, vamos ahora con la solución del pensador galo. La expulsión de los mercaderes del templo, recogida en los cuatro Evangelios, entusiasma a los socialistas de todos los partidos, como les encanta el antiliberalismo religioso. No se les ocurre que la tradición cristiana puede cuestionar dicho antiliberalismo –véase: «Venerable síntesis liberal: los Diez Mandamientos», disponible aquí: https://bit.ly/49Q5Zli.
Por fin, el propio episodio del templo es llamativamente distorsionado. En efecto, los progres no prestan atención a lo que está pasando. Nuestro Señor Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo, efectivamente, sin ninguna duda. Los echó del templo. Del templo, señora. Sólo del templo. Quienes anhelan expulsarlos de la sociedad, no del templo sino de todas partes, igual podrían darle una pensada.
Feliz Domingo de Resurrección.
