Psicología de una resaca cósmica
La NASA controla la expedición, computa todos los datos: presión arterial, densidad ósea... Lo que no aparece en los informes es lo que le ocurre a una persona al ver la tierra completa por una ventanilla.
No se me ocurre una perspectiva más violenta para la mente humana, comprobar que este planeta, con toda su épica y su miseria, con sus Hitlers y sus Teresas de Calcuta, con sus océanos y sus Réquiems, sus Rosalías en tutú y sus flotillas virtuosas, cabe en la pantalla de un móvil. ¿Hay alguna forma no accidentada de regresar de allí? Me refiero a volver cuerdo, entero filosófica y afectivamente, con esa bofetada de realidad a escala universal, habiendo descubierto que nuestras guerras de frontera y nuestros besos de portal, son solo un moho brillante pegado a una canica abandonada.
El agua que bebe un astronauta no es “pis” en sentido urinario, no beben una jarra de humeante y cálida meada espumosa, pero lo ha sido: la nave destila, filtra y purifica hasta que el líquido que vuelve al vaso reniega de sí mismo. Y es difícil encontrar una metáfora más precisa de lo que le pedimos a estas personas ultradisciplinadas, no del todo bien pagadas: que conviertan su propia materia, su desgaste, su intimidad, su cordura, su cosmogonía, su equilibrio… Tan frágil como el de todos, en algo tal vez, en algún momento, reutilizable para la humanidad…¿Llegaremos a beneficiarnos del cosmos? ¿Viajaremos, explotaremos, habitaremos más allá de la tierra? ¿Se convertirá el espacio alguna vez en un activo? El wc de la Artemis cuesta 25 millones de dólares y se estropeó el primer día. El inodoro es un pequeño embudo succionador que embolsa las heces antes de que puedan escapar flotando.
El cuerpo se defiende como puede. En cuanto desaparece la gravedad, los huesos adelgazan, los músculos se retraen, los líquidos suben a la cabeza. El corazón descubre que bombardear en el vacío es fácil y se relaja, demasiado. Por eso los astronautas corren atados a una cinta, levantan pesas invisibles, aceptando disciplinadamente que el gimnasio es un deber y no un propósito New Year. No entrenan para salir guapos en las fotos; lo hacen para seguir siendo bípedos cuando regresen, porque no son chicos prodigio de treinta años, sino adultos que ya delegan en el fisio y el reumatólogo, han enterrado perros y tienen hijos adolescentes en casa...
La libido, si aparece, se confina discretamente en la imaginación. El cuerpo está demasiado observado para entregarse a algo más recreativo que no sea la misión y el traje naranja, color de rescate y de castigo (para que los encuentren si caen al mar, pero también para que sepan siempre dónde está cada uno). Color que no admite el anonimato. El astronauta es un preso del cielo, un hombre que ha conquistado el vacío pero ha perdido el derecho a rascarse en soledad.
En la era Apolo y Shuttle, la mayoría acabaron divorciados: presión, ausencias, ego inflado, dificultad para volver a ser persona a secas, votante fungible con cara de rodilla. Depresión, irritabilidad, insomnio, sensación de vacío, aparcar en doble fila, dominar la cortacésped.
Algunos se agarran a causas (ecologismo, divulgación, política), otros a nuevas misiones; el riesgo es quedarse colgados en el duelo.
El astronauta tiene que reaprender la escala: volver a darle peso a lo doméstico después de haber visto el planeta completo, recuperar la gravedad del cesto de la ropa sucia, la importancia de un abrazo, una bronca, de hacer bien la cama. Nadie en su entorno ha visto lo que él ha visto. Privilegio y condena. Como todas las experiencias sublimes e intransferibles. Como el pedo más formidable y su jaqueca interestelar.
La resaca cósmica, cómo volver a tomarse en serio la humanidad después de haber comprobado, con los ojos, que estamos suspendidos en un vacío infinito. ¿Qué psicología necesitamos para procesar la insignificancia y seguir levantándonos por la mañana?
