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A los chinos les va mejor, gracias señorito

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monday

A falta de plata, que en el virreinato de la Nueva España abundaba, los anglosajones no encontraron otra moneda para comerciar con China que el opio, pero tuvieron que metérselo a trompazos porque las autoridades chinas se negaron a aceptar la destrucción física y moral de una parte de su población por el consumo de la amapola y presentaron batalla, perdida por la mayor potencia de la artillería occidental. A escala de la historia del imperio del Centro, fue un tropiezo momentáneo, que la paciencia del chino es infinita cuando tratan con los diablos extranjeros, esos que acuñaron la expresión «engañar como a un chino», mientras ven ahora como sus grandes empresas, esas firmas emblemáticas, de la Volvo a la Pirelli, van cayendo inexorablemente en manos asiáticas, por no hablar de lo del Inter de Milán. Frente a la potencia industrial china y una cultura del trabajo modelada por un régimen comunista que considera el estado de bienestar como un exotismo hay poco que hacer. Y eso, que lo hemos probado todo. Ya he contado alguna vez que, en las Filipinas, de donde partía el comercio entre China y México por medio del galeón de Acapulco, cada sesenta años, más o menos, hacíamos una matanza de comerciantes chinos en el parián de Manila, la primera en 1603 y la última en 1762, como método expeditivo de recuperar el control del comercio, que los tagalos se ponían muy pesados y se quejaban de que los chinos bajaban los salarios y hacían competencia desleal. Sin ningún éxito, por supuesto, pues los chinos encajan estos pequeños problemas con un estoicismo digno de mejor causa. Los indonesios les hicieron medio millón de muertos en las revueltas anticomunistas del general Suharto, en 1965 y 1966, y ahí siguen, tan panchos, hablando de cooperación y buena vecindad entre los pueblos del Pacífico occidental y exportando como locos a los chicos de Yakarta. Así que nos produce cierta ternura leer esos comentarios ditirámbicos del equipo de propaganda gubernamental cada vez que el señorito se nos va a Pekín para estrechar relaciones con el tío Xi, a ver si se arregla lo nuestro. Pero abandonen toda esperanza. Buenas palabras, sí, pero a menos que encontremos algo que a los chinos les interese de verdad, como la plata en los siglos XVI y XVII, se nos van a meter hasta en la cocina. Y eso que el jamón serrano tenía potencial, hasta que ellos aprendieron a curarlo, por no hablar de los automóviles y, en breve, de la industria aeronáutica. El caso es que, desde 2018, año en el que empezó el glorioso gobierno del señorito, la balanza comercial entre España y China no ha hecho más que empeorar para nosotros. Cierto que la caída de las exportaciones españolas es general, con descenso interanual en 2026 del 14,3 por ciento, pero lo de los chinos es de traca. En 2025 les vendimos mercancías por valor de 8.000 millones de euros y les compramos productos por valor de ¡50.000! millones, convirtiéndoles en el principal país suministrador por encima de Alemania. Frente a esta realidad, que machaca sectores como la industria electrónica de consumo, la eléctrica, el textil y el calzado, se puede hacer lo de Trump, con bonitos aranceles, o lo del señorito, con inclinación de espalda al reglamentario 30 por ciento. Ninguna de las dos va a funcionar, a menos que el mundo despierte, todo el mundo, y ponga a China a temblar. Porque lo de una democracia que entronice los derechos humanos, sociales y laborales en el imperio del Centro es ciencia ficción barata.


© La Razón