menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El nuevo deporte nacional: sospechar del que trabaja

14 0
previous day

En Bolivia hemos perfeccionado un talento que ya debería ser disciplina olímpica: sospechar de todo aquel que produce, invierte y hace que algo funcione.

No importa si son 30 años de operación continua. No importa si se transportan millones de toneladas. No importa si hay empleos, impuestos, logística, desarrollo. Nada de eso pesa.

Lo que realmente importa es que algún iluminado descubra —con la emoción de quien encuentra petróleo en el patio de su casa— que las empresas… tienen accionistas. Y peor aún: que esos accionistas invierten… Escándalo.

Ahora resulta que transportar carga, conectar regiones y sostener un sistema ferroviario durante décadas no es mérito… es sospechoso. Porque claro, detrás de todo empresario debe haber algo raro. Detrás de toda estructura, una conspiración.

Y detrás de toda inversión, un interés oculto… como si invertir no fuera precisamente eso: apostar, arriesgar y construir.

La última entrega de este género literario, llega desde el sur del país —porque ya ni siquiera es periodismo— nos trae un menú conocido, direccionado por sabe quién de: porcentajes enredados, nombres cruzados, fallos en el extranjero y una pizca de “vínculos” cuidadosamente alineados para que el lector llegue solito a la conclusión… sin que nadie se haga responsable de afirmarla. Una obra maestra del “yo no digo nada, pero mire usted”.

Se nos explica, con tono grave, que existe una cadena societaria que termina controlando una empresa ferroviaria. ¡Qué descubrimiento! Lo próximo será revelar que las locomotoras funcionan con motores.

Porque lo que intentan vender como una “estructura sospechosa” no es otra cosa que el ABC de cualquier inversión internacional: holdings, participaciones indirectas y control corporativo.

Pero claro, eso no genera clics… ni escándalo. Y sin escándalo, no hay narrativa. Por eso resulta más rentable disfrazar una clase básica de finanzas como si fuera una trama de intriga empresarial.

Y como toda historia mal contada necesita un villano, ahí aparece —cómo no— el empresario: el que invierte, el que arriesga… y el candidato perfecto para ser convertido en sospechoso. Ese personaje incómodo que genera empleo, pone capital en juego y, para colmo, no pide permiso para existir.

Primero era uno —según el propio periodista, el gran accionista a señalar—. Ahora aparece otro: nacional, banquero e influencer… porque en esta narrativa, el villano no se investiga, se reemplaza según convenga. Total, lo importante no es la verdad, lo que importa es que siempre haya alguien a quien culpar.

Entonces se hace lo de siempre: no se prueba nada… pero se sugiere todo. Se vinculan nombres, se cruzan empresas, se mencionan créditos, clientes y directorios… y listo. La duda queda sembrada.

Porque en este país no hace falta demostrar una irregularidad. Alcanza con insinuarla. Pero lo verdaderamente notable no es la construcción de la sospecha. Es el momento en que aparece.

Treinta años de operación ferroviaria. Treinta años en los que nadie se escandalizó por estructuras, porcentajes o accionistas. Y justo ahora —cuando el país empieza a hablar en serio de integrar oriente y occidente— aparece la preocupación moral… Qué sincronización tan impecable.

Porque aquí no se está discutiendo una estructura. Se está intentando algo mucho más peligroso: Instalar la idea de que el que invierte no es confiable; que el que opera es sospechoso; que el que produce debe explicarse permanentemente.

Y lo más grave: que el que no hace nada… es el que tiene autoridad para juzgar.

En ese juego, los daños no son menores. No solo se intenta erosionar la reputación de una empresa que ha sostenido la logística del país durante décadas. Se busca también poner en duda a: las empresas que confían en ese servicio; los sectores productivos que dependen del ferrocarril y los inversionistas que, a diferencia de muchos opinadores, sí arriesgan su capital en Bolivia.

Porque al final, el mensaje es claro: “Si usted invierte… prepárese para ser sospechoso.” Y así seguimos.

Un país donde el empresario debe justificarse. Donde la inversión se mira con recelo, y donde el éxito operativo genera más sospechas que reconocimiento… Después nos preguntamos por qué no llegan inversiones.

Mientras tanto, en el mundo real —ese que no cabe en una columna malintencionada— hay trenes que siguen operando. Hay carga que sigue moviéndose, hay trabajadores que siguen dependiendo de esa actividad y hay sectores productivos que siguen funcionando gracias a un sistema que, con todos sus desafíos, sí existe y sí opera.

Pero claro, eso no es noticia. La noticia es que alguien descubrió cómo funciona una empresa.

Y así vamos… entre expertos de escritorio, investigaciones sin contraste y sospechas recicladas, seguimos haciendo lo que mejor sabemos: destruir confianza. Porque en Bolivia, producir no da prestigio… da sospecha.

Y eso —más que cualquier estructura societaria— es el verdadero problema.

*Es escritor y analista político


© La Razón