«Framing» y control
Algún día, la historia debería juzgar a las «autoridades» (eufemismo) políticas que incitan a las masas a convertirse en autoritarias por reacción. Al establecer un muro que separa a dos bandos irreconciliables (aquí, los buenos; al otro lado, la ultraderecha ultra), obligan al votante a renunciar a su pensamiento analítico, a no cuestionarse ni lo obvio, a convertirse en un ser autoritario que, simplemente, se limita a defender «a los de su bando». Demostrando odio, pero aparentemente condenando lo que significa odiar, generan una herramienta de precisión que «encuadra» una realidad para que solo pueda ser interpretada como manda el político en cuestión. Se llama «framing», o encuadre, a esa táctica que consiste en focalizar la atención sobre algo que interesa al político, dejando a un lado, en sombras, lo que le molesta o quiere ocultar. Cuando aseguran que detectarán «el odio», evitan hablar de «sistema de vigilancia» –que, con razón, suena a franquismo y a dictadura en general–, encauzando la atención del votante hacia la santurrona aspiración de una libertad de expresión «libre de mal» (el odio), purificada y saludable. «Una vez que eliminemos el odio, todo será mejor, así protegeremos a las víctimas», vienen a decir. Y desplazan el foco de los derechos civiles (libertad de expresión, incluso cuando se usa para verter odio) mientras se canaliza la atención sobre «la protección a los débiles y víctimas». ¿Quién se atreverá a mostrarse en contra de estos colectivos? Nadie. Al presentar la «herramienta contra el odio» como un recurso mecánico, o creación «científica», se le otorga además una pátina de ecuanimidad técnica, aunque no haya nada más manipulable y sesgado que un algoritmo, que responde a la ideología de su programador. Así, podrán ofrecer los «sagrados datos» tan «cocinados» que entre la realidad y lo que veamos habrá la distancia que existe entre lo crudo y lo cocido. Y nos podrán vender «manipulación» y «monitorización» haciéndolas pasar por «convivencia». Nos darán el gato de la «censura» y el «control» mientras nos aseguran que es puro, simple «amor». Amén.
