Cuando el PIB no basta: España, el país que vive bien pero no se siente feliz
Durante décadas la economía midió el progreso con una sola medida: el PIB. Pero ya en 1974 Richard Easterlin formuló su célebre paradoja: superado cierto umbral, más renta no se traduce en más felicidad. Aquella intuición fundó la economía de la felicidad, disciplina que hoy nutren nobeles como Kahneman y Deaton y que cristalizó en la Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi. Su tesis es sencilla y demoledora: el bienestar es multidimensional, y la satisfacción que declaran las personas —el bienestar subjetivo— es un dato económico tan serio como la inflación o el paro.
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