menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Del dividendo de la paz al dividendo geopolítico

3 0
latest

This handout picture released by the US Navy on May 8 2019 shows the Nimitz-class aircraft carrier USS Abraham Lincoln CVN 72 while conducting a replenishment-at-sea with the fast combat support ship USNS Arctic T-AOE 9 while MH-60S Sea Hawk helicopters assigned to the Nightdippers of Helicopter Maritime Strike Squadron HSM 5 transfer stores between the ships - The US is deploying an amphibious assault ship and a Patriot missile battery to bolster an aircraft carrier and B-52 bombers already sent to the Gulf ratcheting up pressure on Iran The USS Arlington which transports marines amphibious vehicles conventional landing craft and rotary aircraft and the Patriot air defence system will join the Abraham Lincoln carrier group the Pentagon announced on May 10 Photo by MCSN Jason Waite Navy Office of Information AFP / MCSN JASON WAITE / AFP

Tras el final de la Guerra Fría, el concepto de dividendo de la paz se convirtió en una de las ideas más influyentes de la política internacional. La reducción de amenazas internacionales permitió reducir el gasto militar y redirigir recursos hacia el crecimiento económico y el bienestar social. La paz generaba dividendos tangibles. No obstante, tres décadas después, la lógica parece haberse invertido. En la geopolítica contemporánea, las guerras ya no buscan una victoria decisiva, sino la obtención de beneficios estratégicos limitados. La guerra, en este sentido, produce un nuevo tipo de dividendo, el dividendo geopolítico.

El caso de Irán refleja esta transición. Resulta útil recuperar a Clausewitz y su célebre idea de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Más aún, su conocida trinidad (violencia, azar y política) permite entender que el elemento decisivo de toda guerra es el objetivo político que la guía. Cuando ese objetivo es claro, la estrategia militar se orienta hacia una victoria definida. Pero cuando el objetivo político es difuso o deliberadamente ambiguo, la victoria militar se vuelve secundaria y la guerra adopta un carácter instrumental y limitado.

Desde el inicio del conflicto, objetivos como el cambio de régimen o la destrucción completa del programa nuclear y misilístico iraní eran altamente improbables (aunque la segunda opción se suponía ya lograda desde junio del año pasado). Ambos escenarios habrían requerido una invasión terrestre, algo descartado desde el principio por sus enormes costos políticos, militares y económicos. Esto indicaba en un primer momento que la diplomacia coercitiva iba a ser protagonista en todo este contexto, cristalizando en una presión militar limitada (pero contundente) más que en una guerra convencional orientada a la victoria.

Así, la diplomacia coercitiva llevada al límite se ha convertido en la característica dominante. Las operaciones militares han funcionado como herramientas para debilitar capacidades, alterar cálculos políticos y reposicionar actores sin desencadenar una escalada total. Produciendo resultados ambiguos. Irán ha perdido capacidades militares y una enorme parte de su organigrama político, pero ha mantenido el régimen y ha reforzado su narrativa de resistencia. EE.UU. y sus aliados han demostrado capacidad coercitiva y superioridad militar, pero han asumido costes políticos y estratégicos, además de una mayor implicación en una región que, hasta ahora, no figuraba como prioritaria en la proyección exterior estadounidense.

A pesar de ello, el verdadero trasfondo del conflicto no puede entenderse únicamente en clave regional. El tablero principal se encuentra en la competencia entre EE.UU.-China. Si se observa desde este prisma, el debilitamiento de Irán adquiere una dimensión más amplia. El Estrecho de Ormuz constituye una arteria energética para China, que depende en gran medida del flujo de hidrocarburos procedentes del Golfo. Debilitar a Irán, reducir su capacidad de influencia y reforzar la capacidad estadounidense de control indirecto (o ejercer más presión) sobre esta ruta energética supone una ventaja estratégica significativa en la competencia global.

Esto permite a EE.UU. reforzar su posición como proveedor energético, fortalecer el papel del petrodólar y consolidar su presencia en un espacio clave para la seguridad energética internacional. Aunque ciertamente el inicio de la operación ha estado auspiciado por Israel, la evolución del conflicto muestra cómo Washington ha reorientado progresivamente su liderazgo hacia objetivos propios más amplios. La operación militar, en este sentido, no se ha librado únicamente contra Irán, sino en el marco de una competencia estructural con China. Pekín está presente indirectamente a través de Pakistán en el marco de las negociaciones Irán-EE.UU., después de que Islamabad y Pekín publicaran previamente un comunicado conjunto como base para una posible desescalada.

Sin embargo, este dividendo geopolítico no está exento de costes. Mantener una presencia reforzada en Oriente Medio implica recursos militares, capital político y atención estratégica que podrían desviar a EE.UU. de otros escenarios. La última Estrategia de Seguridad Nacional enfatizaba precisamente la necesidad de concentrar esfuerzos en la competencia con China, evitando compromisos prolongados en otras regiones. El conflicto con Irán, por tanto, puede generar exactamente el efecto contrario.

Además, el contexto político interno estadounidense introduce otra variable relevante. En un escenario electoral, el mantenimiento de un esfuerzo militar sostenido en la región requerirá que la población perciba beneficios claros. Si el dividendo geopolítico no se traduce en ventajas tangibles, el coste político podría aumentar rápidamente.

En última instancia, el caso iraní refleja cómo la ausencia de metas decisivas permite a cada actor declarar éxito parcial, adaptando la narrativa a sus intereses. El dividendo de la paz definió el orden posterior a la Guerra Fría. Hoy, el dividendo geopolítico de la guerra limitada parece definir la competencia entre grandes potencias. La victoria ya no consiste en derrotar al adversario, sino en obtener ventajas estratégicas sin desencadenar una guerra total. Una especie de contexto de tensión continuada pero manejable. El problema es que, a largo plazo, estos dividendos pueden terminar erosionando la propia estrategia que pretendían reforzar.


© La Provincia