La agonía de la verdad
La agonía de la verdad / La Provincia
Esta mañana comentaba con mi amigo de los paseos mañaneros lo felices y tranquilos que vivíamos en nuestra juventud e, incluso, en nuestra madurez. Evidentemente, no éramos ingenuos; sabíamos que existían infracciones, pero vivíamos confiados. Nuestra sociedad y el mundo en general parecía basarse en unos mínimos pactos morales: aunque debía guardar las formas, el político podía ser ambicioso; aunque el juez pudiera equivocarse, la justicia se respetaba por su imparcialidad; aunque el árbitro favoreciera al poderoso alguna vez, el deporte seguía siendo deporte; el sacerdote era un ser humano y podía pecar, pero a la institución se le mantenía en alta estima. Había fisuras, sí, pero las paredes aún resistían. Había espacio moral en el que confiar y, sin ser perfectos, podíamos ser felices.
También había corrupción, claro: algunos abusos, favoritismos, injusticias e hipocresías. De vez en cuando estallaba un escándalo: un alcalde cobrando comisiones, un empresario comprando licencias, un famoso arruinado por su avaricia, un policía sobornado. Pero precisamente aquel escándalo ponía de manifiesto que aún existía un límite moral. La transgresión se ocultaba porque suponía una vergüenza. Ese era el viejo acuerdo al que esta mañana bautizamos como «el de la........
