Israel y Clapso
Israel Reyes, en una imagen de archivo. / José Carlos Guerra
Hay gente que transita por su vida y la de otros con una fe en la condición humana envidiable. Suele ser acompañada por una actividad frenética en algún o algunos asuntos sociales o artísticos que convierten en pasión, de tal manera que contagian esa alegría de mañanas de sol a todo lo que se mueve a su alrededor.
Conocí y traté por primera vez a Israel Reyes a mediados de los años 90 gracias a a los consejos del talentoso Eduardo Bazo, también teatrero impenitente, que ejerció -gracias a su fecundo exilio madrileño - de maestro del entonces inquieto joven. Fue Israel un ejemplar regidor de escena en Querido Néstor, aquel milagro que se obró en el teatro Pérez Galdós cuando aún sus centenarias tripas exudaban los aromas de potaje y conejo en salmorejo que la mujer de Pepe, el veterano conserje, cocinaba en algún recoveco del edificio.
Descubrimos entonces a un ser humano excepcional y era fácil intuir que aquella actitud de entrega y amor por la herencia de Esquilo, en los años que vendrían, lo convertirían en un ejemplar profesional. Israel siempre estaba, como el turronero de la fiesta, llegando el primero y marchándose el último: detrás de una bambalina repicando el texto;........
