Pobre niño rico
En 1955, Rafael Azcona, en aquellos momentos más conocido como columnista de humor que como guionista de cine, colaboraba habitualmente en La Codorniz y el diario Pueblo, cuna de grandes periodistas y escritores, como, por ejemplo, y sin ánimo de ser exhaustivo, Arturo Pérez-Reverte, Juan Luis Cebrián, Rosa Montero o el recientemente fallecido Raúl del Pozo. En uno de los sueltos de principios de aquel año, titulado “El niño rico”, trasladaba al lector la ironía de conseguir lo que uno desea. El repelente protagonista de la historia, Mateíto (aunque también podría ser “Pedrito” o “Pablito”), al que uno termina por coger hasta cariño, es el objeto del regalo constante de un padre que, por encima de la felicidad de su hijo, quiere dejar claro el poder adquisitivo ganado por la familia ante el resto de los niños de la comunidad.
El esperpento de la historieta se desencadena con la llegada de los Reyes Magos, que colman al chico con una estación de trenes al completo. En concreto, sus majestades reales le “habían dejado al niño un jefe de estación, un factor, un interventor, un maletero y una señora agitando un pañuelo”. Y el muchacho, fascinado por el obsequio, idea el propósito de convertirse en fogonero de la locomotora. Así que lo que era un deseo infantil concluye con la conversión del niño rico en un proletario más. Imagínense la reacción de los padres y la fina ironía de la que hizo gala el logroñés universal. Es una pena que no se vuelvan a editar los textos de Azcona, y no sólo los guiones de las grandes películas que apadrinó, porque algunas columnas, como la señalada, son premonitorias, más que avanzadas a su tiempo. Lo del tren y las estaciones, así como el maquinista de última hora, tienen un reflejo tan actual que resulta paradójico el conocimiento del alma humana por parte de este genio del humor.
Sí, han acertado. Me refiero al ministro de Transportes, el lenguaraz Óscar Puente, a su osadía al frente de una cartera vital para la comunicación entre los españoles, pero también a la indiferencia, quizás arrogancia sería mejor, con que trata a las víctimas del desastre ferroviario. Aunque no sólo a él, por supuesto. El genuino “niño rico” de Azcona es el mismísimo Pedro Sánchez, quien, de tanto ansiar el gobierno de un país, ha llegado a transformarlo en un caos. Por esta razón, hay que tener mucho cuidado con los deseos de los hijos del capital que se postulan como los líderes morales del proletariado, ya que, tarde o temprano, lo traicionan, cuando no lo confunden, hasta el extremo de hacer pasar al trabajador que se queja o disiente por un reaccionario. Como advierte Azcona: “los niños pobres sufrieron mucho presenciando los juegos de Mateíto”.
Una de las herramientas de las que se vale este gobierno del esperpento es el control de las redes sociales, de los medios de información y las plataformas digitales. Hace bien poco, se comunicó a bombo y platillo la creación de un filtro oficial de censura que responde al curioso nombre de Hodio. Como muchos de los que me siguen, me figuro el propósito real del software, algo así como un tamiz ideológico para detectar y sancionar lo que no gusta al mundo progre. Sin embargo, la apuesta muestra una vez más la pulsión intervencionista de la izquierda, la necesidad de mantener a raya lo que se dice y cómo se dice. En realidad, no hay mucha distancia entre esta estrategia y la practicada por los regímenes totalitarios, de ahora y de siempre, desde la China comunista hasta el estalinismo soviético, sin olvidar a la república bolivariana del Maracaibo, que llegó a cerrar todos los periódicos de Venezuela, tanto los impresos como los digitales.
Estamos en unos tiempos en los que “hay que tomar partido” (Walter Benjamin) y uno, como ya lo habrán adivinado, se conduce por los terrenos de la libertad, mientras que las fuerzas contrarias a lo que hace grande la existencia del hombre persisten en su empeño de reducirla y someterla. Ese y no otro es el objetivo de Hodio.
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