Prisa por tardar
Vista aérea de la ciudad con Las Canteras y el Puerto de Las Palmas al fondo. / José Carlos Guerra
De los mejores títulos que conocí en mi época de editor fue Prisa por tardar. Lo puso un filósofo que luego consideró que esa ocurrencia, que a mi me encantó, podía no gustarle a un amigo suyo. Cuando a él le llegó el arrepentimiento ya el libro estaba hecho, de modo que aquel título salió a la calle y nadie, excepto él, supo de su disgusto. Al contrario: al cabo del tiempo me dijo que había sido un acierto porque le gustó incluso a la persona que, según sus sentimientos, iba a reprochárselo. De modo que, pasado el tiempo, hasta ahora mismo, Prisa por tardar me sigue pareciendo un modo perfecto para explicar muchas cosas, entre ellas la manía de ir por delante cuando uno puede esperar.
En mi vida siempre he sentido prisa, como si me acuciara el mundo. Desde la mañana hasta la medianoche, cuando ya no queda más remedio que dormir, o tratar de llegar al sueño, he sentido siempre una prisa que muchas veces no va a ninguna parte o que, llegando a cualquier parte, me hace exclamar: “y total, ¿para qué tanta prisa?” A mi me ha parecido siempre que esta manía del apresuramiento que padezco, y que tantos padecen, me llega en mi caso del modo de ser de mi padre. Él se levantaba a las cuatro de la madrugada, se afeitaba pensando en otra cosa, se hacía un café haciendo algo distinto a la vez, y luego recorría la........
