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Lecciones de cocina

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06.04.2026

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros extraordinario, en el Palacio de la Moncloa, a 20 de marzo de 2026, en Madrid (España) / Matias Chiofalo - Europa Press

La crítica al sanchismo -entendido como la estrategia política del PSOE y su transformación como partido bajo el liderazgo autoritario de Pedro Sánchez- jamás debió ni debe olvidar su origen externo y, en resumen, lo que permitió el retorno de los socialistas al poder: los escándalos de corrupción y la utilización gansteril de algunos de los principales recursos del Estado en beneficio del PP y, más concretamente, de la dirección que acaudillaba entre bostezos y chistes malos Mariano Rajoy. Ahora empieza el juicio por el caso Kitchen en la Audiencia Nacional y conviene no olvidarlo. Una decena de altos cargos del Ministerio del Interior, encabezados por el propio ministro, el muy católico, apostólico y romano Jorge Fernández Díaz. Entre otras cosas la policía patriótica del señor Fernández espió y allanó el domicilio Luis Bárcenas, ex tesorero del PP, que guardaba en su casa información escabrosa sobre el gobierno y el partido. En cualquier país de Europa hubiera caído el Gobierno. Pero no lo hizo, por supuesto, como no ha caído Pedro Sánchez ni jamás nadie ha asumido en su gabinete o en la dirección del PSOE responsabilidades políticas.

No se trata simplemente de una curiosa simetría. El mefítico escándalo de la Kitchen fue el colofón de la financiación ilegal y crapulosa del PP durante el marianismo y aun antes. La evidencia documental dejó claro el carácter estructural de la corrupción no solo para sufragar las campañas electorales de la derecha española, sino para enriquecer a sus dirigentes, que recibían sobresueldos de decenas de miles de euros anuales. El precio electoral que pagó el PP fue moderado. Nadie se levantó contra Rajoy ni planteó un congreso extraordinario. El presidente demostró un cinismo extraordinario. Como le ocurrió después a Pedro Sánchez con José Luis Ábalos y Santos Cerdán, Rajoy no supo nunca, jamás, nada de nada. De hecho este pésimo presidente, el peor desde 1977, goza actualmente de una amplia simpatía pública, y no únicamente entre votantes conservadores. Para mí es inexplicable que un sujeto que no es ingenioso, que no es simpático, que no demuestra ni casualmente inteligencia o capacidad de observación, un tipo que agonizaría antes de citar a un científico, un escritor o un cineasta, le haga tanta gracia a la gente en su papel de tonto que se hace el tonto. También supo hacerse el ciego y el mudo. Recuerda vagamente al gangoso emperador Claudio según lo retrata Robert Graves. En una de sus declaraciones judiciales Bárcenas afirmó que Juan Miguel Villar Mir, una de las grandes fortunas españolas y quien fuera ministro de Hacienda con Arias Navarro, entregó 300.000 euros en una bolsa en la sede de Génova. Subrayó que le interesaba que Rajoy conociera su generosa aportación. Pero para su irritadísimo asombro, Rajoy no lo llamó jamás. Se cuidaba muy mucho de cualquier compromiso. Su bisbiseo permanente, su tartamudeo, su torpeza expresiva, su dislexia barroca, fueron y son estrategias de protección. Cuando le mandó a Bárcenas ese SMS («Luis, sé fuerte») fue porque el miedo le llevó a perder el control. Por supuesto no dio a Jorge Fernández una instrucción explícita. Dejó hacer. Cuando le presentaron la censura se fue a comer y se pasó la tarde en el restaurante tomando chupitos de Anís del Mono.

El PP no solo permitió con su corrupción pestilente que un Sánchez audaz le presentase la moción de censura. Es algo más sutil. Rajoy y sus basuras le trasmitieron a los socialistas que podías avanzar en determinadas prácticas minimizando cualquier peligro, invocando las excusas más despreciables, negándose a asumir la responsabilidad política en ningún caso, degradando hasta el vómito las instituciones públicas, y no pasa nada, y si pasa, se le saluda. Lo único relevante no es ganar reelecciones, sino atrapar aliados a cualquier precio, no es gobernar, sino que no te puedan presentar una moción de censura. Y el PSOE aprendió muy bien la lección de cocinar una democracia simulativa y domesticada del PP.

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