La tiranía amable de la igualdad
La igualdad se ha convertido en una forma curiosa de justicia: no corrige tanto como tranquiliza. No distingue, no incomoda, no exige. Funciona mejor como consuelo que como criterio. Y precisamente por eso casi nadie se atreve a discutirla.
La igualdad es la idea más rentable de la modernidad: permite sentirse moralmente superior sin tener que hacer nada particularmente difícil.
No exige talento, ni disciplina, ni carácter. Basta con adherir. Decir “todos iguales” es hoy una forma de higiene intelectual: no resuelve mucho, pero deja un olor agradable.
Kant le dio una base noble: todos los hombres son fines en sí mismos. Y tenía razón. Pero lo que comenzó como una defensa de la dignidad terminó convertido en una negación de la diferencia. Del respeto pasamos, con sorprendente eficiencia, a la nivelación.
La equidad, en cambio, tiene un problema grave: obliga a pensar.
No cabe en pancartas, no rinde en discursos y no produce aplausos espontáneos. Tiene, en el mejor de los casos, a Aristóteles diciendo........
