Los hongos Copa de diablo
El Raudal de la Gamitana tiene varios cientos de metros de longitud y nos vimos obligados a arrastrar o empujar la canoa, que para el caso es lo mismo, por un varador para retomar la navegación aguas arriba. Era invierno. La ventaja del invierno es que la humedad del suelo y de los troncos caídos favorece la proliferación de los hongos. Los hay de todos los colores, formas y tamaños.
Algunos son los llamados Caminito de las hadas. Son redondos, pequeños, rosados y crecen siguiendo una línea que no alcanza un metro de longitud. Pero unos pasos más adelante vuelven a surgir con la misma estructura. Otros son pequeños también y crecen en los troncos de los árboles, son blancos y cubren totalmente el tallo. Se cuentan por centenares. Son un verdadero espectáculo. Su duración es muy breve. Los hemos visto un día y al día siguiente si volvemos a pasar por el mismo sitio ya están marchitos.
El hongo más espectacular que he visto en la selva fue en una travesía de Araracuara al Igaraparaná. Era un hongo grande, azul. Los botánicos expertos en hongos me preguntaron por qué no lo había traído y les contesté que era imposible por la fragilidad. Resultó ser una especie nueva. El hongo que más me encanta es el Copa de diablo. Es de color café y como solo brota en invierno la copa, porque es una perfecta copa, suele estar llena de agua. Se lo encuentra a veces en grupos de hasta cinco o seis ejemplares. En esta travesía desde el río Caquetá hacia la entraña del Parque Nacional Chiribiquete tuvimos la suerte de encontrar muchos hongos Copa de diablo.
En términos generales me gusta más caminar la selva en invierno, aunque es más complicada y difícil. Muchas veces los varadores están inundados y se debe avanzar con el agua a la cintura o al pecho. En estas condiciones las ropas húmedas nunca se secan. Para dormir dentro de la carpa se cambia la ropa por otra seca y al día siguiente se vuelve a utilizar la misma ropa mojada o empapada. No es posible cargar muchas mudas de ropa para poder estar siempre seco. Son gajes del oficio.
La más dura travesía de selva que he hecho fue desde Jirijirimo en el río Apaporis hasta Mitú, la capital del Vaupés en el río de este nombre. Llegamos a una zona de la selva que estaba inundada y el agua nos daba al cuello, con un horrible agravante, el olor era nauseabundo. Vomitamos varias veces. Un indio que nos acompañaba nos dijo que una enorme boa había muerto y se pudría en el agua.
Así avanzamos con mucho cuidado llevando los pesados morrales en la cabeza. No veíamos el piso de la selva y no pudimos evitar que algunos pasos los dimos con el agua a la cabeza sintiendo en la boca la pestilencia del líquido podrido. Fue una travesía de varias horas. ¡Imposible olvidarla!
