Antonio de la Cruz: El nuevo autoritarismo no promete utopías
En los viejos regímenes autoritarios del siglo XX, el poder necesitaba una historia. El comunismo prometía el paraíso de los trabajadores; el fascismo, la grandeza nacional; incluso las dictaduras militares latinoamericanas se justificaban en nombre del orden y la modernización. Había siempre una promesa hacia adelante, una visión que exigía sacrificios en el presente a cambio de redención futura.
Ese lenguaje ha cambiado.
El nuevo autoritarismo —más sofisticado, más frío— ya no necesita convencerte de que el futuro será mejor. Solo necesita convencerte de que podría ser peor sin él.
Venezuela se ha convertido en uno de los laboratorios más claros de esta mutación.
En los últimos meses, el discurso del poder en Caracas ha abandonado cualquier pretensión de legitimidad democrática. No hay promesas de elecciones libres en el corto plazo, ni intentos serios de reconstruir una narrativa ideológica. En su lugar, ha emergido algo distinto: una lógica administrativa del poder.
No es un régimen que pida creer. Es un régimen que pide aceptar.
La diferencia es sutil, pero decisiva. Creer implica adhesión; aceptar implica resignación.
El mensaje central es repetido con variaciones mínimas: el país ha sufrido demasiado, el colapso estuvo cerca, la estabilidad es frágil. Bajo esa premisa, la libertad se presenta como un lujo peligroso, la democracia como una variable secundaria, y el orden como un bien superior.
Esta no es una anomalía venezolana. Es parte de una tendencia más amplia que ya hemos visto en otras latitudes: gobiernos que, tras perder legitimidad electoral o moral, reconstruyen su poder no a través del entusiasmo, sino del agotamiento social.
Para entender por........
