La danza de la libertad: Una conversación pendiente en el presente, por José Gerbasi
El aire en Caracas todavía arrastra coletazos de incertidumbre, pero al caminar junto al Ávila, hay una frescura distinta, una promesa silenciosa que parece flotar sobre los tejados. Charles Chaplin avanza con sus pasos vacilantes y rítmicos, haciendo girar su bastón de caña con una agilidad que desafía los años. A su lado, con el paso firme de quien lleva el mapa de un país en la cabeza y la responsabilidad de millones en el pecho, camina María Corina.
Charlot se detiene en seco. Se lleva una mano a la barbilla, entorna los ojos con sospecha cómica y, usando su bastón como si fuera un catalejo, apunta hacia la ruta que el país ha decidido transitar. Luego, extiende dos dedos de la mano izquierda, simula que los deposita en una urna electoral, y acto seguido se arrodilla exageradamente, rindiendo pleitesía a un triunfo invisible pero colosal.
María Corina sonríe con esa serenidad que desconcierta a los tibios.
—Te entiendo perfectamente, Charlot —dice ella, deteniéndose junto a él—. El mundo entero se pregunta lo mismo: ¿Por qué aceptar volver a medirnos en unas elecciones si el 28 de julio ya se ganó de manera categórica? Podría parecer una paradoja, pero la verdadera fuerza no radica en aferrarse a la confrontación, sino en la generosidad política. Ir allí no es dudar de lo que hicimos; es ponerles el espejo definitivo de su propia soledad ante los ojos del mundo. Es demostrar que la democracia no es un capricho, sino un mandato inquebrantable que defendemos en........
