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Joel García Hernández: Los congeladores de la Dgcim, el sótano donde sepultaron a un padre militar y al hijo que fue a buscarlo

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09.09.2026

Apenas faltaban ocho días para la Nochebuena de 2023 cuando la calidez de un hogar caraqueño se extinguió en cuestión de segundos. Eran las siete y media de la mañana del 16 de diciembre. El oficial de la Fuerza Armada Nacional —un hombre con años de servicio y el pecho cargado de condecoraciones— apenas cruzaba la salida de su casa cuando un vehículo civil, sin placas, le cerró de golpe el paso.

De la penumbra del auto bajaron hombres vestidos de civil con armas cortas en la cintura. Eran agentes de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM). No mostraron orden judicial de allanamiento ni de aprehensión; pronunciaron la fórmula con la que el régimen suele disfrazar el secuestro: “Tiene que acompañarnos a Boleíta para una entrevista”.

El militar fue obligado a conducir su propio vehículo con un custodio armado a su lado. La supuesta entrevista era una trampa sin retorno. Apenas pisó la sede principal de la DGCIM, el portón se cerró a sus espaldas, las esposas mordieron sus muñecas y el Estado lo borró del mapa.

Pero la tragedia apenas comenzaba. Horas después, alarmado por el silencio de su padre, su hijo —también oficial activo de la Fuerza Armada— acudió voluntariamente a la sede de Boleíta con una sola pregunta en los labios: “¿Dónde está mi papá?”.

Esa sola pregunta bastó para sentenciarlo. Sin permitirle una llamada, sin derecho a un abogado y sin que existiera una sola acusación previa en su contra, el joven oficial fue esposado de inmediato. En cuestión de horas, dos generaciones de una misma familia militar pasaron de servir a la institución a engrosar el expediente ficticio de un presunto complot magnicida.

El pozo del frío: la celda de “Los Congeladores”

A padre e hijo no los llevaron a un calabozo común. Los desnudaron hasta dejarlos en ropa interior, los despojaron de sus pertenencias y los empujaron a las entrañas del sótano, a un área de castigo conocida con un nombre que describe con exactitud su diseño: “Los Congeladores”.

Allí el tiempo se disuelve. Son celdas herméticamente selladas donde la luz solar jamás entra y la temperatura artificial oscila permanentemente entre cuatro y cinco grados centígrados. Sobre una colchoneta mugrienta en el piso, sin sábanas, sin almohadas y tiritando sin descanso, los cuerpos pierden calor mientras un bombillo incandescente permanece........

© La Patilla