Joel García Hernández: La farsa escrita con torturas y vanidad de poder
El asfalto de la Autopista Regional del Centro reverberaba bajo el sol de diciembre de 2023. En el tramo de Las Tejerías, una caravana de seis camionetas blindadas y uniformados de la Guardia Nacional interceptó el vehículo que trasladaba a los hermanos Natalia y Guillermo Améstica. Tras quince días de arresto domiciliario, aquel despliegue no parecía un trámite procesal, sino una operación de captura militar. El convoy avanzó hasta detenerse, cerca de las nueve de la mañana, ante las rejas del Comando N° 43 del Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (CONAS), en Quinta Crespo.
En el patio del destacamento, el recibimiento fue gélido. El mayor José Ángel Ponce, segundo comandante de la unidad, observó la llegada con desdén. No hubo saludo, identificación formal ni palabras hacia los detenidos. Solo instrucciones breves, dictadas a media voz a sus subalternos, para confinarlos en áreas separadas y anular de inmediato cualquier vía de contacto.
A Natalia la condujeron a la enfermería: una habitación de doce metros cuadrados dominada por el zumbido metálico de un aire acondicionado. El frío le entumeció los músculos durante seis horas. Con las esposas apretadas en las muñecas y sin probar bocado desde el día anterior, la reclusión adquirió un tono punitivo; un primer teniente descansaba en la camilla contigua mientras reproducía, una y otra vez desde su teléfono, las canciones de Canserbero. Cada rima amplificada en el recinto operaba como una incriminación sin juicio. Custodios y oficiales desfilaban frente al cristal de la puerta para observar a la detenida; Natalia había dejado de ser la mujer que veló a Carlos Molnar en 2015 para convertirse en la pieza central de un libreto oficial.
Avanzada la tarde, ambos fueron trasladados al Palacio de Justicia para la reseña forense. Con los labios resecos y el cuerpo agotado, recorrieron los pasillos subterráneos: fichas dactilares, tomas fotográficas y la carátula de un expediente que registraba el cargo de homicidio. Durante la espera, dos funcionarias policiales le ofrecieron un vaso de agua y algunas palabras de sosiego a Natalia, quien aún confiaba en que pasaría la noche allí. Al divisar a sus abogados de confianza en el último piso del edificio, un grito quebrado escapó de su garganta para advertirles que sus vidas corrían peligro. A pocos metros, la mirada inmóvil del mayor Ponce confirmaba la amenaza.
La jornada concluyó con el retorno a los calabozos del CONAS, sin que los defensores privados pudieran intervenir. Natalia se recostó sobre el suelo de cemento y usó su chaqueta como almohada. El desvelo y el ayuno se acumulaban desde semanas atrás, cuando la reapertura judicial del caso sacudió su rutina. En la memoria persistía la advertencia de su padre, quien le había insistido en salir del país ante el riesgo de un cerco judicial. Ella, en cambio, había confiado en la vía institucional para despejar casi una década de acusaciones públicas e inacción fiscal tras el suceso de 2015.
La mañana siguiente transcurrió en una tensa calma, rota a ratos por murmullos en los corredores. Cerca del atardecer, los ecos distantes de un interrogatorio delataron la voz entrecortada de Guillermo. Minutos después, la cancela de hierro crujió; escoltado por el comandante, Guillermo cruzó el umbral. Con las manos trémulas y la vista fija en el suelo, apenas articuló entre los barrotes:
—Voy a hablar contigo más tarde.
Cerca de la medianoche comenzó el hostigamiento más severo.........
