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El día que me quitó el nombre, por @ArmandoMartini

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11.05.2026

Se robaron la patria, desvalijaron la Republica, desmembraron la familia y arrebataron la última lágrima. Destrozaron el corazón y desplomaron el alma. No sé cómo escribir esto, lo hago como un golpe a la conciencia, porque están los que sucumben aniquilados por la carencia de todo y la abundancia de nada.

Ninguna ley de la naturaleza prepara para sepultar a un hijo asesinado por el hambre. Falleció un martes. O quizás un jueves. Qué importa, cuando el tiempo se detiene en la agonía. Tenía quince años y apenas pesaba diez kilos de promesas marchitas. Estudioso, alegre y cariñoso dibujaba pajaritos al margen del cuaderno. Murió con los ojos abiertos, como si en su último aliento aún aguardara un milagro que Venezuela le negó, y en ruinas no supo fabricarle.

No hubo ataúd, era un cajón de madera que la intemperie casi había consumido. El sacerdote no pudo bendecirlo, la gasolina no llegó, y su corona fúnebre, fue tallos de hierba seca arrancados del polvo. Nos arrodillamos, no pudimos llorar, teníamos la garganta seca como todo lo demás. Pedimos perdón por haberle prometido, que las cosas mejorarían.

El médico, bajó la mirada y exclamó: sanar es un lujo y la medicina un mito. Convirtiéndose en el mensajero de una sentencia que no firmó. Y cuando los galenos lloran en silencio; comprendí que no estamos en crisis, sino ante una crucifixión.

Trabajó su vida como maestra de escuela, y la pensión apenas alcanza para........

© La Patilla